Imagina un Super Bowl sin un plato de guacamole con totopos en el centro de la mesa. Aunque hoy parezca imposible, esa guarnición indispensable en el ritual del fútbol americano no era la norma en Estados Unidos antes de 1994. La razón: una cuarentena prohibió la entrada del aguacate mexicano a ese país.
Todo cambió cuando dos EXATEC lideraron estudios que reevaluaron —científicamente— ese bloqueo y transformaron para siempre la industria aguacatera.
La cuarentena que frenó al aguacate mexicano
El problema comenzó en 1914, cuando el Servicio de Inspección de Sanidad Animal y Vegetal (APHIS), del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), impuso una cuarentena al detectar en frutos mexicanos al barrenador del hueso, una plaga que afectaba algunas variedades de aguacate.
A partir de entonces, México solicitó en repetidas ocasiones una reevaluación del riesgo. Sin embargo, durante décadas, todas las peticiones fueron rechazadas.
El TLCAN reabre el debate
En 1992, mientras México, Estados Unidos y Canadá cerraban las negociaciones del Tratado de Libre Comercio (TLCAN), el gobierno mexicano aprovechó el contexto para reabrir el tema. Pero esta vez, con una solicitud específica: evaluar el riesgo del aguacate Hass michoacano, una variedad con cáscara gruesa y resistente, muy distinta del criollo, de cáscara delgada y vulnerable a plagas.
Walther Enkerlin, ingeniero agrónomo, explica que en las publicaciones donde se reporta la intercepción de aguacates con presencia de plagas como las moscas de la fruta, “eran variedades caribeñas o centroamericanas, pero no la variedad Hass. Ahí es donde yo te comentaba que no había ninguna evidencia científica [para la cuarentena]”.
El primer estudio: probar la resistencia del Hass
Cuando APHIS aceptó reabrir la evaluación, Enkerlin trabajaba en el programa MoscaMed, lo que lo convirtió en el candidato natural para liderar el estudio sobre si el aguacate Hass podía considerarse un portador de plagas.
Su equipo expuso frutos y árboles a tres especies de moscas de la fruta —Anastrepha ludens, A. serpentina y A. striata— en condiciones forzadas, encerrándolos en jaulas en campo y laboratorio. Tras varios días de revisión, el patrón fue claro: los frutos cortados se vuelven más susceptibles a medida que maduran. A partir de 20% de materia seca, A. ludens pudo ovipositar con éxito; las otras especies mostraron menor eficacia.
En contraste, las infestaciones forzadas en aguacates aun unidos al árbol no permitieron el desarrollo de larvas. El equipo resumió así los hallazgos:
- Frutos en el árbol: cero infestaciones.
- Frutos cortados con >20% de materia seca: infestación posible, sobre todo por A. ludens.
- Frutos cortados antes de 22% de materia seca: riesgo prácticamente nulo.
Con esta evidencia, Enkerlin defendió el estudio en una audiencia pública en Washington ante científicos y aliados de la Comisión de Aguacateros de California (CAC). Pero el protocolo ya estaba validado por tres investigadores del USDA —Bob Mangan, Allan Green y Ed Miller—. “Cuando el director de APHIS les preguntó si tenían algo que comentar del trabajo, se quedaron callados los tres. Estaban de acuerdo con los resultados”, recuerda Enkerlin.
En febrero de 1997, gracias a estos datos, el guacamole hecho con aguacate mexicano entró por primera vez —y de forma legal— a los hogares estadounidenses para el Super Bowl.
El segundo estudio: validación internacional
La disputa continuaba. La apertura inicial era limitada: 13 estados y solo cuatro meses al año. Además, la Comisión de Aguacateros de California (CAC) seguía cuestionando la evidencia.
“El primer artículo [de Enkerlin] se publica en Folia Mexicana Entomológica, una revista muy honorable», recuerda Martín Aluja, también ingeniero agrónomo del Tec y entonces investigador del Instituto Nacional de Ecología (INECOL). “Pero los técnicos estadounidenses argumentaban que no tenía prestigio internacional”.
Para reforzar la base científica, el Servicio Nacional de Sanidad, Inocuidad y Calidad Agroalimentaria (SENASICA) encargó a Aluja un segundo estudio que replicara y ampliara el trabajo previo. Su diseño fue más estricto:
- Se evaluaron más árboles y más frutos.
- Se hicieron infestaciones forzadas en temporada seca y húmeda.
- Hubo presencia permanente de un inspector de la CAC.
“Me dijeron: ‘Estás loco, Martín. Sí, ellos son los que no quieren el aguacate mexicano’. Y respondí: ‘Precisamente por eso quiero que avalen que esta investigación es 100% honesta y transparente’”.
Aun con ese rigor, surgieron contratiempos. “Un productor aplicó un agroquímico prohibido en el protocolo”, relata Aluja. El incidente obligó a reportar el error y repetir el estudio un mes después, justo en la temporada más seca, cuando los frutos son más vulnerables. Para empeorar las condiciones, uno de los árboles muestreados tenía las raíces debilitadas por un hongo. “Y en esos frutos aparecen gusanos”.
El hallazgo, que parecía desastroso, terminó siendo decisivo. “Afortunadamente, esas larvas pasan al estado de pupa, pero de esas pupas no salieron los adultos. Imagínate lo fantástico: en condiciones extremas y debilitando la planta, la mosca llegó a larva, pero no logró convertirse en adulto. Esa fue una evidencia científica muchísimo más potente”.
El estudio, publicado en Journal of Economic Entomology, obtuvo finalmente el reconocimiento internacional que hacía falta.
La apertura total del mercado
Con los dos estudios avalados tanto por APHIS como por la CAC, el USDA abrió definitivamente el mercado estadounidense al aguacate Hass mexicano en 2007.
En pocos años, México se convirtió en su principal proveedor. Hoy, las exportaciones superan los 3,500 millones de dólares anuales, según la Asociación de Productores y Empacadores Exportadores de Aguacate de México.
Nuevos riesgos: deforestación, clima y falta de diversidad genética
Este crecimiento acelerado también ha generado problemas: deforestación, vulnerabilidad climática y presiones del crimen organizado.
Desde el inicio, Aluja advirtió algo crítico: “Cuiden el agua y pónganse abusados, porque el aguacate Hass que tienen en Michoacán es básicamente un clon de un árbol. O sea, no tienen diversidad genética en su cultivo”.
Sin esa diversidad, explica, los árboles no pueden adaptarse a nuevas condiciones ambientales. Si las temperaturas aumentan y las plagas expanden su rango geográfico, los cultivos podrían enfrentar pérdidas masivas.
“Es una bomba de tiempo”, afirma el investigador. Además, lamenta que la industria no haya invertido en investigación, pese a los enormes beneficios obtenidos. “Les resuelves una bronca monumental, tienen una ganancia épica, porque es inimaginable lo que ha sido eso y, tanto de la parte estadounidense como de la mexicana, no hubo la visión de generar un fondo enorme para que se haga investigación de esta naturaleza en otros cultivos”, explica.
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