La pandemia por COVID-19 avanzó con una velocidad inédita, tanto en contagios como en la carrera científica por desarrollar vacunas. En 2020, apenas se liberó la secuencia genética del SARS-CoV-2, el Instituto Jenner de la Universidad de Oxford comenzó a diseñar una candidata vacunal. En abril de ese año, AstraZeneca se sumó para producirla y distribuirla a escala global.
El proceso, que normalmente tomaría una década, se comprimió en cerca de 10 meses. El 30 de diciembre de 2020, el Reino Unido aprobó Vaxzevria para uso de emergencia, convirtiéndola en una de las primeras vacunas disponibles contra COVID-19.
Vaxzevria se basa en la tecnología ChAdOx1, que utiliza un adenovirus modificado e inofensivo —un virus del resfriado de chimpancé— como vector para introducir en las células el ADN que codifica la proteína Spike. Esta proteína es la llave que el SARS-CoV-2 emplea para entrar en las células humanas y, por ello, se convirtió en un objetivo central para el desarrollo de vacunas y terapias.
Una vez dentro de las células, estas producen la proteína Spike, lo que permite que el sistema inmunológico aprenda a reconocerla y a responder frente al virus real.
Las vacunas de ARNm, como las desarrolladas por Pfizer y Moderna, siguen una estrategia distinta: entregan directamente instrucciones genéticas en forma de ARN mensajero, encapsuladas en lípidos, para que las células fabriquen la proteína Spike. En el fondo, ambas plataformas entrenan al organismo para estar preparado frente a la misma diana viral, aunque lo hacen mediante distintos “vehículos” y tipos de información genética.
De la promesa a la controversia
Vaxzevria fue diseñada con base en la variante original identificada en Wuhan. Sin embargo, con su uso masivo surgió una controversia clave: la identificación de un efecto secundario muy poco frecuente, la Trombosis con Trombocitopenia (TTS), una condición caracterizada por la formación de coágulos sanguíneos junto con niveles bajos de plaquetas.
Este hallazgo llevó a que varios países impusieran restricciones en su aplicación, especialmente en personas mayores de 60 años.
Más adelante, con la llegada de variantes como Ómicron, se observó que la vacuna perdía eficacia frente a la infección leve, aunque mantenía una protección relevante contra hospitalización y muerte. En paralelo, las vacunas de ARNm comenzaron a actualizar sus formulaciones —primero bivalentes y después monovalentes— para ajustarse a las variantes en circulación. AstraZeneca no siguió esta estrategia, lo que gradualmente redujo el uso de Vaxzevria.
En 2024, ante el Tribunal Superior del Reino Unido, la empresa reconoció que su vacuna “puede, en casos muy raros, causar TTS”, como parte de su respuesta a una demanda colectiva. Ese mismo año solicitó el retiro de su autorización en la Unión Europea, argumentando razones comerciales en un mercado ya dominado por vacunas actualizadas.
Un virus que no descansa
A mediados de 2025, el SARS-CoV-2 continuaba evolucionando. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, entre enero y mayo la variante dominante fue XEC, seguida de KP.3.1.1. La protección poblacional ha dependido, desde entonces, de vacunas de ARNm y de proteínas recombinantes actualizadas, como las de Pfizer, Moderna y Novavax, dirigidas a linajes como JN.1 y LP.8.1, descendientes de Ómicron.
En las megajornadas de vacunación más recientes en Ciudad de México, Vaxzevria ya no figuró entre las opciones disponibles.
Hoy, esta vacuna prácticamente no se aplica. Con el aumento de la evidencia científica, también se identificaron otros efectos secundarios además de la TTS. La mayoría son leves y transitorios —dolor en el sitio de la inyección, fiebre, fatiga, cefalea o mialgia—. Otros, mucho más raros pero estadísticamente significativos, incluyen trastornos de coagulación y neurológicos, como síndrome de Guillain-Barré, trombosis venosa cerebral, mielitis transversa y encefalomielitis diseminada aguda. De forma menos frecuente, también se observaron miocarditis, pericarditis, urticaria y fenómenos autoinmunitarios.
Nuevos horizontes para AstraZeneca
Estos datos pueden resultar inquietantes, especialmente para quienes recibieron Vaxzevria. Sin embargo, el contexto es clave: incluso los efectos adversos graves siguen siendo considerablemente raros frente a los beneficios de prevenir un COVID-19 grave mediante la vacunación.
Vaxzevria también ofrecía ventajas logísticas importantes. Su estabilidad en refrigeración convencional la convirtió en una herramienta valiosa para programas de acceso y equidad en salud como COVAX, a diferencia de las vacunas de ARNm, que requieren cadenas de frío más exigentes.
No obstante, estas últimas demostraron una capacidad decisiva durante la pandemia: la posibilidad de actualizarse casi al ritmo de un virus que evoluciona con rapidez y no espera.
AstraZeneca ha salido de la carrera por las vacunas contra COVID-19 y no parece estar desarrollando nuevas versiones para competir con Pfizer o Moderna. En conjunto con la Universidad de Oxford, la compañía ha redirigido sus esfuerzos hacia otros frentes, como vacunas contra el cáncer —entre ellas el proyecto “LungVax”, enfocado en la prevención del cáncer de pulmón—, terapias para enfermedades raras, tratamientos contra el virus respiratorio sincitial y medicamentos contra la obesidad, uno de los mercados farmacéuticos más relevantes de 2025.
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