El cambio climático suele discutirse en términos globales —temperaturas promedio, emisiones o acuerdos internacionales—, pero sus impactos se viven en las comunidades, ya sean urbanas o rurales. En respuesta, diversos grupos de investigadores alrededor del mundo están buscando desarrollar proyectos que contribuyan a mitigarlos.
Esto fue evidente durante el panel From Research to Action: Cities and Communities Facing Climate Change –que tuvo lugar en el Tec Science Summit 2026–, cuando un grupo de investigadoras, diseñadoras urbanas y especialistas en vivienda discutieron cómo convertir el conocimiento científico en herramientas reales para sobrellevar los retos.
Fue moderado por Ryan Whitney, profesor investigador de la Escuela de Arquitectura, Arte y Diseño (EAAD) del Tec de Monterrey y contó con la participación de Francisco Benita, profesor investigador de la Escuela de Ingeniería y Ciencias (EIC), Sarah Billington, profesora y jefa del Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental, Claudia Acuña, Directora de Alianzas de Impacto en New Story y Larisa Ovalles, investigadora del Laboratorio de Riesgo Urbano de la Escuela de Arquitectura y Planificación del MIT.
Lejos de discursos institucionales o soluciones abstractas, la conversación giró alrededor de una pregunta práctica: ¿cómo hacer que la investigación realmente mejore la forma en que viven las personas considerando esta crisis ambiental?
Una de las ideas centrales fue que hoy la investigación climática ya no ocurre únicamente en laboratorios o modelos computacionales, sino directamente con las personas a las que impacta.
Ciudades caminables
Benita mostró cómo con sensores urbanos, análisis de movilidad y datos ambientales se pueden revelar fenómenos invisibles, como las islas de calor urbano o los puntos de estrés para peatones.
En proyectos enfocados en construir ciudades caminables, realizados desde Singapur hasta Estados Unidos, miles de estudiantes participaron usando dispositivos de Internet de las Cosas que registraban temperatura, humedad o intensidad de luz cada pocos segundos.
El resultado no fue solo un gran conjunto de datos científicos, también permitió entender cómo se mueve una ciudad real y cómo las desigualdades urbanas se reflejan en la experiencia cotidiana.
Pero, como subrayó el experto, la tecnología por sí sola no basta: los proyectos funcionan cuando las comunidades participan y comprenden qué ocurre con sus datos, convirtiéndose en parte activa del proceso científico.
“Calculamos indicadores, como la distancia a la clínica más cercana, para intentar comprender qué tan fácil es moverse en una ciudad”, dijo Benita.
Cómo acompañar a las comunidades a resistir ante desastres naturales
Desde otra perspectiva, Billington presentó ejemplos de investigación aplicada enfocada en infraestructura resiliente. Uno de ellos explora cómo reducir el riesgo de inundaciones mientras llegan obras públicas que pueden tardar años en construirse.
En lugar de esperar grandes inversiones, su equipo prueba intervenciones inmediatas: entregar materiales de protección a hogares vulnerables y acompañarlos con asesoría constante para fortalecer la confianza de las familias en su capacidad de actuar frente al riesgo.
El enfoque revela un cambio importante en la ciencia climática contemporánea: mitigar impactos no siempre significa construir más infraestructura, sino activar capacidades locales.
Otro proyecto busca reducir emisiones del sector de la construcción reutilizando materiales mediante inteligencia artificial, mientras que un tercero experimenta con plataformas digitales para incorporar la opinión informada de la ciudadanía en decisiones sobre infraestructura urbana.
“La idea es que cualquier ciudad pueda probar y experimentar con esto y resolver problemas en cualquier tema necesario”, dijo Billington
La importancia de la vivienda ante el cambio climático
Acuña planteó que en América Latina, una gran parte del riesgo climático se debe a la informalidad en la expansión urbana.
Más de 110 millones de personas viven en asentamientos informales, muchas veces ubicados en zonas inundables o inestables, haciendo de la vulnerabilidad algo estructural.
“No todos los riesgos provienen de la urbanización, por supuesto, pero una parte importante de la exposición y la fragilidad a largo plazo se determina antes de que se construya una casa”, expresó la experta.
Su organización, New Story, trabaja bajo la estrategia “Land First”, que busca intervenir el sistema de acceso al suelo antes de que surja la informalidad urbana. En lugar de reconstruir después del desastre, el objetivo es prevenirlo mediante suelo planificado, accesible y resiliente.
El modelo combina inversión privada, gobiernos locales, desarrolladores y familias para crear mercados de vivienda capaces de reducir riesgos climáticos desde el origen.
Diseño urbano para atender desastres naturales
La investigadora Larisa Ovalles llevó la discusión hacia el diseño urbano y la gestión del desastre como un proceso continuo —antes, durante y después de la emergencia—. Desde el Urban Risk Lab del MIT, su trabajo se basa en investigación-acción: colaborar con comunidades desde el inicio y diseñar soluciones que funcionen tanto en la vida cotidiana como en momentos críticos.
Un ejemplo son los Prep Hubs, espacios públicos que operan diariamente como áreas recreativas o de encuentro comunitario, pero que tras un desastre se transforman en centros de energía, comunicación, agua o alimentos. La clave, explicó, es el concepto de doble uso: infraestructura que no espera la crisis para ser relevante.
“Nos centramos en conectar con la comunidad desde el principio y aprender de ello, lo cuál será más efectivo y sostenible en el futuro”, dijo Ovalles
Cómo cerrar la brecha entre la investigación y las acciones que ayudan a resistir el cambio climático
A lo largo del panel surgió la idea de que el principal obstáculo para enfrentar el cambio climático no es la falta de conocimiento científico, sino la distancia entre la investigación y la realidad urbana. Las ciudades operan bajo ciclos políticos, limitaciones económicas y urgencias sociales que no siempre coinciden con los tiempos académicos.
“Mientras investigamos, las familias están tomando decisiones, construyendo, y la informalidad se está expandiendo”, expresó Acuña. “El verdadero desafío es la traducción, que la investigación se integre al sistema en tiempo real.”
Parte de la solución será co-crear proyectos con gobiernos y comunidades, así como redefinir qué significa que una investigación tenga impacto.
“Creo que las universidades deberían de ampliar lo que consideran impacto”, dijo Billington. “Si alguien trabaja con una comunidad vulnerable y tiene un beneficio enorme, eso debería contarse, no sólo la cantidad de artículos o citas”.
También se habló de hacer investigación con humildad, reconociendo que las personas locales saben más sobre las problemáticas que enfrentan pues las viven en carne propia.
Al final, de acuerdo con las panelistas, las nuevas tecnologías o grandes acuerdos internacionales no serán suficientes para lidiar con el cambio climático. La respuesta está en la capacidad de traducir la investigación en acciones locales que logren que una comunidad sea menos vulnerable frente a la próxima inundación, ola de calor o incendio.
“El cambio climático ya no es un concepto abstracto, es algo que está afectando a nuestras comunidades a nivel local y global, de diferentes maneras y en diferentes espacios”, concluyó Whitney.
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