Un proyecto de diseño participativo reunió las voces de personas locales de Bahía de Banderas, en Jalisco y Nayarit, para reflexionar sobre la conservación del manglar, un ecosistema fundamental para proteger las costas de tormentas, inundaciones y erosión.
A diferencia de otras iniciativas más tradicionales, una de las ideas principales detrás de Guardianes del Manglar fue preguntarse cómo involucrar a las comunidades en el cuidado de este ecosistema sin pensar únicamente en los beneficios que este brinda a las personas.
Una de las actividades consistió en un juego de roles, en el que las personas involucradas pensaron en el manglar desde la perspectiva de un cocodrilo, un pez, un ave o incluso un árbol.
El proyecto fue una colaboración entre Casandra Díaz y David Sánchez de la Escuela de Arquitectura, Arte y Diseño (EAAD) del Tecnológico de Monterrey y Cristina Cortés del Laboratorio de Limnología y Ecología Tropical de la Universidad Autónoma del Estado de Quintana Roo.
Los manglares son importantes pues almacenan carbono, protegen las costas y sirven de refugio para numerosas especies de animales, plantas, algas, hongos y microorganismos. Sin embargo, a nivel global, enfrentan diversas problemáticas.
Entre 2000 y 2020, el mundo perdió alrededor de 1.9% de la superficie de manglares. En Bahía de Banderas, el crecimiento urbano y turístico ha provocado pérdida de hábitat, contaminación y alteraciones hidrológicas, presiones que amenazan tanto al ecosistema, como a las especies no humanas y las comunidades que dependen de él.
“Ante este panorama, nos preguntamos ¿cómo podemos hacer que las comunidades realmente se involucren en salvaguardar el manglar?”, recuerda Sánchez.
Diseño para resguardar un ecosistema vital
Para explorar la conservación de este ecosistema, los investigadores crearon una actividad de diseño participativo multiespecie y especulativo presentada en la 19 Conferencia de Diseño Participativo, celebrada en Milán, Italia.
Primero, los participantes se conectaron de manera remota desde México y Milán para empezar un juego de roles. Cada persona recibía un personaje, que podía ser humano —por ejemplo, un pescador— o una especie del manglar, como un cangrejo. Durante aproximadamente 40 minutos debían tomar decisiones dentro de un ecosistema simulado y observar cómo sus acciones afectaban a los demás habitantes.
La intención era que los participantes experimentaran las relaciones de interdependencia que existen en estos ecosistemas y cómo una decisión que beneficia a una especie puede tener consecuencias para otra.
Después, el grupo trabajó en la creación colectiva de un mural digital que funcionara como un archivo vivo de las experiencias, reflexiones y propuestas surgidas durante la actividad y que posteriormente pudiera convertirse en una instalación física en Bahía de Banderas.
El taller se realizó con alrededor de 15 personas, entre integrantes de la comunidad, profesores y miembros del santuario de cocodrilos El Cora, además de participantes que se conectaron desde otros lugares. En conjunto, diseñaron conceptualmente el mural.
“Algunas de las personas que participaron ven a diario el manglar y los problemas que existen”, señala Sanchez. “Ellos están viendo que los cocodrilos son cazados, aniquilados por las constructoras o la misma comunidad”.
Aunque el proyecto no se centró en los cocodrilos, fueron un ejemplo de especies no humanas que podían representarse dentro de la dinámica.
Del mural a la acción
Más que entregar a la comunidad una solución ya diseñada, el objetivo era que sus integrantes ayudaran a decidir qué debía representar el mural, qué problemas debían visibilizarse y cómo podía utilizarse.
Durante el ejercicio identificaron especies relevantes para la región, entre ellas cocodrilos, peces, aves y jaguares, así como las amenazas que enfrentan. También discutieron cómo podrían coexistir las personas con las demás especies del ecosistema.
El proyecto todavía no permite afirmar que el taller haya producido cambios permanentes en las conductas de conservación de la zona. Sin embargo, los materiales didácticos empleados durante el taller comenzaron a reutilizarse en actividades del santuario con comunidades y escuelas. Para los investigadores, esto representa una primera señal de que la dinámica puede continuar más allá del encuentro original.
Así, la propuesta no busca solamente enseñar sobre biodiversidad sino generar consciencia sobre todos los organismos que forman parte del manglar y cómo todos están interconectados, lo cuál podría impulsar acciones coordinadas para cuidarlo.
“La idea era precisamente volvernos guardianes, protectores de espacios como los manglares, los bosques o los desiertos, porque dondequiera hay vida”, concluye Sánchez.
El proyecto invitó a los participantes a reconocer que en estos lugares hay muchas formas de vida que suelen pasar desapercibidas y desarrollar empatía hacia ellas. ´
El diseño, en este caso, se convierte en una herramienta para escuchar esas otras voces, imaginar futuros compartidos y comenzar a construir formas distintas de coexistencia.
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