Un biomaterial desarrollado a partir de residuos de camarón dio el salto del laboratorio al mercado tras despertar el interés de inversionistas en 2025. La tecnología, no tóxica y de bajo costo, permite crear tintas UV invisibles con aplicaciones potenciales en sectores como el farmacéutico, médico y aeroespacial, y es un ejemplo de cómo la investigación científica puede transformarse en innovación sostenible.
Todo comenzó cuando, apenas un mes después de graduarse como ingeniera del Tecnológico de Monterrey, Victoria de León se enfrentó a un panel de inversionistas. Esto sucedió en julio de 2025, cuando presentó su proyecto en la primera edición de Hecho en México: Mentes en Acción, un evento organizado por la Secretaría de Economía (SE) para vincular innovaciones científicas y tecnológicas con inversionistas capaces de impulsar su desarrollo y llegada al mercado.
La propuesta consiste en un material desarrollado 100% a partir de residuos de camarón, con el que es posible crear tintas UV invisibles. El material es no tóxico, de bajo costo y con aplicaciones potenciales en sectores como el médico, farmacéutico y aeroespacial. “No es competencia, sino una industria nueva”, afirma de León.
El encuentro marcó un punto de inflexión para el proyecto. Dos inversionistas manifestaron interés, lo que abrió una nueva etapa enfocada en el desarrollo tecnológico y su eventual comercialización.
De León reconoce que este avance no habría sido posible sin el acompañamiento del Instituto de Emprendimiento Eugenio Garza Lagüera del Tec de Monterrey, que brindó apoyo para transformar un desarrollo científico en una propuesta con viabilidad de mercado. “Tuvieron fe en mí para representar al Tec de Monterrey en la SE y me cambió la vida”, señala.
Con ese respaldo institucional, la ingeniera logró articular su formación científica con el emprendimiento, dando origen a Ontla, una empresa cuyo nombre significa trazo de luz en náhuatl. Para ella, contar con un espacio dedicado al emprendimiento es clave: “Sirve como un punto de referencia para que las personas se animen y sepan a quién dirigirse”.
Del espacio a la Tierra
El camino que llevó a de León a este descubrimiento comenzó con su interés por el sector aeroespacial. Durante la carrera de Ingeniería en Robótica y Sistemas Digitales en el Tec, formó parte del International Aerospace Program, donde pasó una semana en la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio (NASA) resolviendo retos en equipo.
En una competencia centrada en el problema de la radiación espacial, comenzó a explorar las ciencias de materiales. Ahí aprendió que la radiación es uno de los principales obstáculos para las misiones espaciales, pues limita su duración y pone en riesgo la salud de los astronautas. Su enfoque fue desarrollar métodos de detección mediante indicadores visuales, combinando tierra lunar con otros materiales.
Esa línea de investigación la llevó a un trabajo multidisciplinario. Mientras cursaba materias de robótica, pasaba largas horas en el laboratorio trabajando con biomateriales derivados de la naturaleza. Fue entonces cuando tuvo “el clásico momento eureka”.
Durante pruebas con distintos biomateriales y lámparas emisoras, observó que un material derivado de insectos brillaba intensamente bajo luz UV. Tras revisar la literatura científica, confirmó que no existía algo similar: había identificado un nuevo biomaterial.
Con él desarrolló un tipo de tapiz para las paredes de hábitats lunares, capaz de funcionar como indicador visual de radiación provocada por impactos de meteoritos o fugas estructurales. Actualmente cuenta con dos patentes otorgadas por el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial (IMPI).
Aplicaciones más allá del espacio
Aunque el potencial espacial del material era prometedor, de León reconoció que esas aplicaciones estaban pensadas para el largo plazo. “Está increíble el espacio, pero esto es una nueva propiedad y también es importante ver cómo trasladar estas innovaciones a la Tierra”, explica.
Así descubrió que el material también podía obtenerse a partir de cáscaras de camarón. La oportunidad era clara: estas representan cerca del 50% del peso total del camarón y suelen terminar como desecho en la industria alimentaria.
Inicialmente adaptó su investigación para sensores de radiación en entornos terrestres, pero pronto identificó un mercado más amplio. Hoy, la mayoría de las soluciones UV provienen de petroquímicos, muchas con impacto ambiental negativo y algunas incluso cancerígenas.
La propuesta de Ontla, subraya, no busca solo ser una alternativa. “Se trata de replantear lo que entendemos por tecnología sostenible”. Al ser un material de origen biológico, es comestible y biocompatible, lo que abre posibilidades en las industrias médica y alimentaria. Sin embargo, la aplicación con mayor impacto potencial está en el sector farmacéutico.
A nivel global, la falsificación de medicamentos es un problema creciente. Solo en México, en 2025, la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris) emitió casi 60 alertas sanitarias por posibles medicamentos falsificados.
El material de Ontla podría utilizarse como un sello de autenticidad en empaques farmacéuticos. “Imaginen poder verificar la autenticidad de una vacuna en un hospital o de un medicamento en una farmacia con un simple sello UV”, plantea de León.
Tender puentes entre ciencia y emprendimiento
Actualmente, Victoria de León trabaja como investigadora en sistemas y materiales biomiméticos en el Instituto Max Planck, en Alemania. Mientras desarrolla las aplicaciones industriales de su material y avanza en una patente a nivel internacional, espera iniciar su comercialización el próximo año.
Su trayectoria la ha llevado a reflexionar sobre un reto estructural del ecosistema de innovación: cómo cerrar la brecha entre la investigación académica y el emprendimiento. “Existe una separación tan marcada que muchos académicos continúan avanzando en su área sin considerar la posibilidad de emprender”, señala.
En su caso, el Instituto de Emprendimiento del Tec fue clave para dar ese primer paso. Además, le ayudó a fortalecer sus habilidades de comunicación, una necesidad frecuente entre científicos.
“Si no aprendemos a comunicar el potencial de nuestras ideas de forma clara, limitamos su impacto”, afirma.
Hoy, de León define su enfoque como ingeniería filosófica: antes de crear, dice, es necesario reflexionar sobre el impacto de lo que se desarrolla y su trascendencia para las futuras generaciones.
Desde su primer pitch en la Secretaría de Economía, su trayectoria ha sido reconocida internacionalmente. Ha sido incluida en las listas de Forbes 30 Under 30, seleccionada como MIT Innovator Under 35 y distinguida entre las 25 Women in Science LATAM de 3M.
Espera que su historia inspire a nuevas generaciones de estudiantes a combinar ciencia y emprendimiento. “Si formamos perfiles que integren ambas áreas, vamos a impulsar una industria mexicana más innovadora”, concluye.
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