Con una enorme sonrisa y enfundada en una bata blanca, María Luisa del Prado nos recibe en su espacio de trabajo, el laboratorio 207, ubicado en el segundo piso del Parque Tecnológico en Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey, en el campus de la capital mexicana.
Son las 10 de la mañana y la luz cálida entra por las amplias ventanas iluminando el ambiente entre probetas, matraces, pipetas y una enorme pizarra. Ahí, la investigadora y su equipo del laboratorio INBioTech buscan soluciones a problemas de salud de gran trascendencia desde lo diminuto; desde aquello imperceptible incluso para un microscopio óptico, como los átomos y las nanopartículas.
Licenciada en Ingeniería Química y doctora en Ciencia de los Materiales, su trabajo se centra en el desarrollo de polímeros con aplicaciones clínicas: combatir la resistencia antimicrobiana y favorecer la cicatrización de heridas crónicas. Llegó a estas fronteras de investigación —confiesa al iniciar la entrevista— porque era lo más cercano a lo que originalmente quería estudiar: cosmetología.
Su trayectoria le ha valido reconocimientos como el Premio a la Innovación en Bionano, Ciencia y Tecnología 2025 y el Premio CANIFARMA 2025, otorgado por la Cámara Nacional de la Industria Farmacéutica. Entre muchos otros logros, María Luisa del Prado destaca por ser la única mujer mexicana en el grupo de editores científicos de las revistas Next de Elsevier, además de formar parte del ranking Stanford Elsevier donde se incluye al 2% de los científicos con mayor número de citas recibidas a nivel global.
¿Por qué querías estudiar cosmetología?
Me interesaba aprender cómo diseñar una crema o un shampoo, pero desde una base científica, comprobar si realmente se pueden disminuir las arrugas o darle más brillo al pelo. En la carrera de Ingeniería Química no había nada de cosmética hasta que tomé la asignatura de Biomateriales y me di cuenta de que eso era lo mío.
En la maestría, mi asesora trabajaba con colágeno —una proteína estructural que funciona como un pegamento entre tejidos—. Luego, en el doctorado, empecé a trabajar con el tema de quemaduras y regeneración de tejidos, especialmente piel. Sin darme cuenta, ya estaba completamente dentro del mundo clínico.
¿Y cómo llegas a lo que haces hoy en tu laboratorio?
En el postdoctorado me metí de lleno en nanotecnología. Fue un camino muy cambiante, pero también muy enriquecedor. Empecé a conectar lo que sabíamos sobre cicatrización con nanotecnología para desarrollar hidrogeles y parches. Fue un proyecto precioso, que además nos dio muchos reconocimientos.
Hace tres años llegué al Tec y montamos el laboratorio con esa idea: combinar nanotecnología y ciencia de materiales para crear herramientas más eficaces que ayuden a sanar mejor.
Una de tus líneas de investigación tiene que ver con los aceites esenciales…
Hay algo que todos entendemos de forma intuitiva: ciertas moléculas naturales sí funcionan. ¿Por qué tomas té de manzanilla cuando te duele el estómago? Porque es antiinflamatorio. ¿Por qué usas aceite de almendra en la piel? Porque hidrata.
Nosotros empezamos a trabajar con aceite de orégano y vimos que tenía mucho potencial. Entonces dimos el siguiente paso: usar nanopartículas para potenciar sus propiedades.
¿Qué aplicaciones tienen los aceites esenciales?
Sus compuestos bioactivos contribuyen en varios frentes. Por un lado, favorecen la cicatrización porque son antiinflamatorios (en heridas crónicas, la inflamación está descontrolada y hay mucho estrés oxidativo; ahí estos compuestos funcionan como antioxidantes).
Por otro lado, una herida que no cierra suele infectarse. Y muchas de esas infecciones hoy son resistentes a antibióticos. Lo interesante es que estas moléculas también tienen propiedades antimicrobianas, así que estamos tratando de atacar ambos problemas al mismo tiempo.
Una manera muy romántica de ver esta línea de investigación es: regresar a los orígenes de la medicina ancestral, pero desde la ciencia de materiales, con aceites como la curcumina, que es mi gran amor.
¿Por qué dices que la curcumina es tu gran amor?
Fue la primera molécula con la que trabajé en el postdoc. Diseñaba nanopartículas para encapsularla y llevarla al cerebro, para enfermedades neurodegenerativas. La idea era lograr que cruzara la barrera hematoencefálica.
Y luego pensé: “¿por qué no aplicarla también en piel?”. Ahí empezó todo. La curcumina me abrió la puerta a este mundo de moléculas naturales, a entender sus estructuras, sus posibilidades…
Tiene propiedades antiinflamatorias, analgésicas, incluso potencial anticancerígeno. Hemos publicado muchísimo gracias a ella. Aunque, eso sí, es un amor complicado: lo mancha todo de amarillo. Ha sido una relación de amor-odio durante años.
¿Siempre quisiste dedicarte a esto?
Para nada. De niña me interesaba mucho la astronomía, me obsesionaba el universo, todavía me intriga. Nunca pensé en Medicina, ni siquiera en Química. Odio la sangre, no quería trabajar con ratas ni bacterias… y ahora trabajo con ambas.
Pero la química siempre estuvo ahí. Mi mamá era química, crecí entre libros y experimentos. Me fascinaba Beakman —ese científico que explicaba todo de forma divertida—, y tuve una maestra increíble en secundaria. Aunque yo lo negara, lo traía dentro.
Antes de que se realizará esta entrevista, en un intercambio de correos, cuando le solicitaron imágenes personales para ilustrar esta nota, María Luisa mencionó que “una de las cosas que más le gusta en la vida es ser hija de su mamá”…
Mi mamá falleció hace un año y medio, pero ser su hija siempre ha sido un orgullo. Era una mujer independiente, y como soy hija única, teníamos una relación muy cercana. Estoy 100% segura de que, si soy la mujer que soy ahora, es gracias a mi mamá.
Has mencionado a varias mujeres clave en tu trayectoria. ¿Eso te ha hecho involucrarte en defender la presencia de mujeres en la ciencia?
En mi laboratorio tengo tres alumnas de doctorado y soy tutora de nueve tesis de licenciatura… las nueve de mujeres.
El problema no es que no haya mujeres en ciencia; es que faltan en los niveles más altos. Por eso participo en programas como SOI-STEM del Tec de Monterrey, porque necesitamos visibilizar referentes. Que una niña pueda ver a otra mujer haciendo ciencia y piense: “yo también puedo estar ahí”.
Se ha avanzado, sí, pero todavía hay sesgos muy marcados. Y desde una posición como la mía —que no es de poder, pero sí de privilegio— se puede empujar ese cambio.
¿Cómo eres fuera del laboratorio?
En el poco tiempo libre que tengo cuando no estoy trabajando, disfruto mucho viajar.
En los últimos años me volví muy disciplinada con el ejercicio: es el único momento en el que mi cabeza se apaga.
Pero, si hablamos de mis pasatiempos, cuando tengo de verdad tiempo, lo que más me gusta es irme a algún lado, aunque sea cercano, para salir a explorar con mi esposo y mis dos perritas, a las que amo y adoro; son mis hijas.
¿Qué te motiva a seguir investigando?
Me gusta mucho aprender, algo que pareciera que ya no se puede hacer cuando termina el postdoc.
Lo que me motiva a seguir en este camino, el conocimiento nuevo, aprender. Y poder, algún día, encontrar una verdadera alternativa que pueda contrarrestar una de las líneas que investigo en mi laboratorio, la resistencia antibacteriana.
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