Por Jorge Valdez
Quienes nos dedicamos a la ciencia en general y a las ciencias biomédicas y de la salud en particular, compartimos un paradigma fundamental: la evidencia generada por el método científico es suficiente para demostrar algo como verdadero o, al menos, como cierto. Así fuimos formados y, a nuestra vez, formamos a otros.
Sin embargo, en fechas recientes hemos observado —no solo con sorpresa, sino con auténtico azoro y perplejidad— que quienes ostentan el poder político toman decisiones no solo sin evidencia que las respalde, sino en ocasiones, y no pocas, abiertamente en contra de ella.
Esto da lugar a una paradoja fascinante: aun cuando los datos y la información están disponibles, la mente —o las mentes, pues a veces se trata de un fenómeno colectivo— se niega a aceptarlos o se resiste activamente a hacerlo. Queda claro, entonces, que la evidencia científica no se vuelve “evidente” simplemente por existir.
El gran divulgador Carl Sagan comprendía bien que la evidencia compite con el consuelo emocional: “Es mucho mejor comprender el universo tal como es que persistir en el engaño, por confortable que este sea.”
Intentaré explicar por qué la evidencia —la verdad científica— a menudo “no se ve”, aun cuando para los científicos resulte clara, y por qué debe superar diversas barreras psicológicas y sociales antes de integrarse como verdad compartida.
Nuestro cerebro no es un procesador objetivo; es, ante todo, un buscador de patrones que confirman lo que ya cree. Cuando los datos contradicen nuestras creencias previas, nuestra identidad o nuestros valores, la mente tiende a ignorarlos, descalificar la fuente o centrarse en la única excepción que refuerza la regla previa. Este fenómeno se conoce como sesgo de confirmación.
Además, cuando la evidencia científica nos obliga a admitir que estamos equivocados o que, por ejemplo, nuestro estilo de vida es perjudicial, se produce un malestar psicológico llamado disonancia cognitiva. Para aliviar esa incomodidad, resulta más sencillo negar la evidencia que cambiar de conducta o de pensamiento.
Aunque no era científico sino escritor, Tolstói describió con precisión este bloqueo cognitivo: “Sé que la mayoría de los hombres, incluso los que se sienten cómodos con problemas de gran complejidad, rara vez pueden aceptar la verdad más simple y evidente si esta los obliga a admitir la falsedad de conclusiones que han explicado con orgullo a otros.”
La ciencia, además, suele ser contraintuitiva. Basta con recordar un ejemplo clásico: durante siglos se sostuvo —y fue defendido incluso por autoridades político-religiosas— que el Sol giraba alrededor de la Tierra. La intuición decía: el Sol parece moverse a nuestro alrededor. La ciencia demostró lo contrario: es la Tierra la que orbita al Sol a una velocidad extraordinaria. Nuestro “sentido común” está diseñado para la supervivencia inmediata, no para comprender sistemas complejos como el cambio climático o la física cuántica.
La evidencia apela a la razón; su aceptación, en cambio, apela a la identidad. Cuando la ciencia nos exige cambiar quiénes somos o admitir que hemos estado equivocados durante décadas, la mente prefiere, simplemente, “no ver”.
Henry David Thoreau explicaba esta ceguera selectiva con claridad: “Un hombre recibe solo aquello para lo que está preparado… El fenómeno o hecho que no puede vincularse de ningún modo con el resto de lo que ha observado simplemente no lo observa.”
En este sentido, la historia de la ciencia muestra que la evidencia se vuelve socialmente aceptable tras atravesar tres etapas: la primera es el ridículo, cuando la nueva idea se considera absurda. La segunda es la oposición violenta, al percibirse como una amenaza al orden establecido o a intereses creados; y finalmente, la tercera es la aceptación, cuando resulta tan obvia que parece que siempre la hubiéramos sabido, como ocurrió con la importancia del lavado de manos para prevenir infecciones.
En esta era marcada por las fake news y la desinformación, la evidencia científica compite con la posverdad. Su comprensión exige un esfuerzo activo de alfabetización mediática y de pensamiento crítico. No basta con que el dato exista: necesitamos la disposición mental para estar preparados para verlo.
Autor
Jorge Valdez García es líder de la Unidad de Investigación e Innovación Educativa en Ciencias de la Salud, del Institute for the Future of Education (IFE) del Tec de Monterrey. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores y de la Academia Mexicana de Cirugía. Es editor científico de TecScience.








