Por Óscar Arias Carrión
Hay instituciones que parecen extinguirse mucho antes de que alguien se atreva a declarar su defunción. Continúan operando con disciplina impecable: convocan reuniones, entregan diplomas, organizan congresos, producen comunicados de prensa. Desde fuera, todo sugiere normalidad. Desde dentro, sin embargo, se percibe una disonancia más difícil de nombrar. No es exactamente un colapso. Es otra cosa: una vitalidad que persiste en la forma mientras se debilita en el sentido.
Peter Fleming, en “Dark Academia: How Universities Die”, propone un término incómodo pero sorprendentemente preciso para describir este estado: la universidad zombi.
El concepto no funciona como exageración retórica. El zombi no está completamente muerto, pero tampoco plenamente vivo. Camina, repite gestos conocidos, conserva reflejos básicos. Fleming sostiene que algo similar ocurre en una buena parte de la universidad contemporánea. Permanecen los rituales del saber: la toga, el seminario, el artículo arbitrado, la defensa doctoral. Pero el pulso ya no lo marcan la curiosidad intelectual ni la vocación pública. Lo gobierna, cada vez con mayor fuerza, una mezcla de lógica de mercado, incentivos mal diseñados y una pila de rutinas burocráticas. La institución recuerda lo que alguna vez fue, aunque parece menos segura de para qué existe.
Este desplazamiento no irrumpe de forma abrupta; se infiltra. El lenguaje lo delata. Hoy se habla menos de ideas y más de impacto, menos de formación y más de indicadores, menos de conocimiento y más de posicionamiento. Las palabras no son inocentes. Proceden del universo corporativo y arrastran consigo una gramática de valoración específica: aquello que no puede medirse, auditarse, o traducirse en indicadores comienza, silenciosamente, a perder legitimidad. El problema va más allá de la importación de la jerga corporativa puesto que muchos se adaptan aplicando la ley del mínimo esfuerzo. La retórica de la excelencia convive, paradójicamente, con prácticas de inercia.
En ese terreno prospera una forma de profesionalismo distorsionado. No se trata únicamente de jornadas interminables o de agotamiento crónico, sino de un régimen moral que transforma la pasión en mandato. Amar el trabajo deja de ser una fuente de sentido para convertirse en una obligación permanente. Si alguien está exhausto, la falla ya no se atribuye al sistema, sino a una presunta insuficiencia individual. El desgaste pierde su condición de alarma y adquiere, perversamente, la forma de credencial silenciosa. La universidad no se pregunta por qué sus académicos están al límite; ofrece, en cambio, talleres de resiliencia, “mindfulness” o bienestar que desplazan hacia el individuo un malestar que es, en esencia, estructural. El resultado es un ecosistema donde conviven el exhausto y el ausente, integrados en el mismo engranaje.

Académicos: de intelectuales a productores
El académico, por su parte, se redefine. De intelectual pasa a productor. Publicaciones, citas, proyectos financiados, métricas anualizadas. Alta eficiencia terminal y sin fricción. El ideal clásico del profesor que enseña, investiga y piensa con relativa autonomía cede ante una lógica de rendición de cuentas continua. Importa menos qué se escribe que cuántas veces se publica, dónde y con qué impacto cuantificado. “Publicar o morir” deja de ser metáfora para convertirse en una consigna administrativa.
Paradójicamente, mientras se exige mayor productividad, la actividad central se desenfoca. La universidad crece, sí, pero hacia los costados equivocados. Se multiplican la burocracia, los formatos, las auditorías, los sistemas de evaluación. La administración se multiplica y consolida como el núcleo duro de la institución, superando a su parte académica. Docencia e investigación sobreviven como áreas de élite, obligadas a justificar su existencia frente a estructuras gerenciales que rara vez enseñan o investigan.
La obsesión por el impacto social añade otra capa de simulación. Se exige que toda investigación prometa efectos inmediatos, cuantificables y visibles. El resultado puede ser una coreografía de informes inflados y narrativas de utilidad forzada que desalientan la toma de riesgos intelectuales. Las ideas verdaderamente nuevas, aquellas que aún no saben para qué servirán, encuentran escaso margen de maniobra en un entorno que demanda resultados mucho antes de reflexionar si se están formulando las preguntas correctas.
Nada de esto sería posible sin precariedad estructural. No constituye un fallo del sistema; es uno de sus soportes. Profesores de asignatura sin estabilidad ni voz institucional sostienen gran parte de la enseñanza. La meritocracia funciona como coartada moral: si alguien no logra permanecer, la responsabilidad se adjudica al individuo, no al diseño del modelo.
Frente a este panorama, el cinismo emerge como estrategia de supervivencia. Se critica en los pasillos, se ironiza en privado, se comparte la frustración en cafés demasiado caros. Pero el cinismo es pasivo: permite continuar participando sin creer en las reglas. También permite fingir que se cumple con ellas. Y mientras se juega sin convicción, el sistema se reproduce sin resistencia efectiva.
La universidad contemporánea parece preocuparse más por su posición en los rankings que por la calidad de las preguntas que formula. Los estudiantes se redefinen como clientes, los programas como productos, la investigación como material de mercadotecnia. La marca lo invade todo. Se burocratiza la mediocridad mientras el conocimiento queda reducido a medio, rara vez a fin.
Pensar fuera de la caja suena inspirador en seminarios estratégicos, aunque suele omitirse un detalle elemental: la caja cuesta dinero. Sin recursos suficientes para investigar ni para pagar el acceso abierto, la creatividad se vuelve un ejercicio casi clandestino. No faltan ideas; sobran. Lo que escasea es el andamiaje material que permita contrastarlas, publicarlas y discutirlas sin atravesar el peaje de editoriales que invocan la llamada “democratización del conocimiento” mientras cobran por cada puerta de entrada.
Así, el investigador termina haciendo malabares conceptuales en un laboratorio imaginario, escribiendo artículos que quizá nadie lea porque no alcanzó el dinero para “liberar el PDF”. Se exige originalidad, pero se restringe el oxígeno. Y aun así, la ciencia avanza, a trompicones, con humor negro y una obstinación casi irracional, porque pensar fuera de la caja no es una consigna; es una necesidad cuando la caja está vacía.
Reconocer el problema es el primer paso
Fleming evita deliberadamente ofrecer soluciones cerradas, y esa renuncia es una virtud. No hay manuales de rescate para instituciones zombies. Lo que sí existe es una invitación incómoda a reconocer síntomas, a examinar contextos concretos y a aceptar que la retirada, la desidentificación o incluso la huida pueden ser decisiones legítimas. Abandonar la academia no equivale necesariamente a fracasar; a veces es negarse a confundir la vocación con una patología institucional.
Pero quizá el primer gesto honesto no consista en dictar la sentencia final, sino en suspender la inercia. Dejar de fingir que todo está bien, sin caer en la comodidad paralizante del fatalismo. Las instituciones no obedecen leyes biológicas inevitables; son construcciones históricas, y precisamente por eso pueden transformarse.
Reconocer que las universidades atraviesan una fase de desgaste profundo, no implica aceptar su defunción. Implica distinguir entre lo que está agotado y lo que aún late. Porque incluso dentro de estructuras rigidizadas persisten espacios de pensamiento genuino: aulas donde todavía ocurre el asombro, laboratorios donde la curiosidad resiste a los indicadores, conversaciones que ningún ranking puede cuantificar.
La crítica de Fleming incomoda porque nombra una deriva real, pero también porque obliga a formular una pregunta más difícil que la nostalgia o el cinismo: ¿qué universidad queremos reconstruir? No la idealizada retrospectivamente, sino una capaz de reconciliar conocimiento, tiempo y sentido. Una institución donde la medición no suplante al juicio, donde la estabilidad no se convierta en indiferencia, donde la productividad no anule la reflexión, donde el impacto no asfixie la incertidumbre fértil de las ideas nuevas.
El problema no es que la universidad haya cambiado, toda institución viva lo hace, sino qué fuerzas gobiernan ese cambio. Y ahí persiste un margen de acción, no siempre espectacular ni inmediato, pero real: redefinir criterios de valor académico, proteger tiempos de pensamiento lento pero genuino, reconstruir comunidades intelectuales menos sometidas tanto a la lógica del rendimiento continuo como a la comodidad del mínimo esfuerzo.
Quizá la tarea no consista en “salvar” a la universidad como abstracción, sino en reanimar sus prácticas esenciales. Defender condiciones materiales dignas. Reivindicar que enseñar y pensar no son costos administrativos, sino el núcleo mismo de la institución. Recordar que el conocimiento no solo produce resultados: produce comprensión, crítica, imaginación.
Nada garantiza el éxito de esa reorientación. Pero aceptar sin más la zombificación sí garantiza su perpetuación. Entre la negación complaciente y el fatalismo paralizante existe una tercera vía menos cómoda: la reconstrucción deliberada.
Porque si la universidad corre el riesgo de volverse zombi, también conserva algo que ningún modelo gerencial o rutina burocrática ha logrado erradicar por completo: la capacidad de cuestionarse a sí misma. Mientras esa capacidad exista, la historia no está cerrada.
Autor
Óscar Arias Carrión es Decano de Posgrado de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tecnológico de Monterrey.









