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¿Por qué es tan difícil dejar el celular? El papel de la dopamina

Mientras gobiernos y escuelas discuten cómo limitar su uso, la neurociencia ayuda a explicar por qué nos cuesta tanto desconectarnos, cuáles son las consecuencias de un sistema secuestrado y cómo recuperar el control de nuestra atención.
ilustración de moléculas de dopamina
La dopamina no produce placer, como se creía antes, sino que interviene en la motivación, el deseo y la anticipación. Las plataformas digitales aprovechan este sistema de búsqueda para mantener nuestra atención. (Foto: Getty Images)

Esta semana, Meta enfrenta en Estados Unidos un juicio en el que 29 fiscales estatales acusan a la compañía de haber diseñado funciones de Instagram y Facebook capaces de generar conductas adictivas en niños y adolescentes.

Al mismo tiempo, en México avanza la discusión para restringir el uso de celulares en las escuelas, ante los efectos que su uso excesivo tiene en la capacidad de atención, el sueño y la salud mental.

En el debate sobre cuánto tiempo usamos el teléfono surge otra pregunta: ¿qué ocurre en nuestro cerebro cuando vivimos rodeados de productos digitales diseñados para mantener nuestra atención?

Silverio García, investigador de la Escuela de Ingeniería y Ciencias, del Tec de Monterrey, nos da algunas pistas para entender este fenómeno. Su explicación apunta a un sistema biológico mucho más antiguo que las redes sociales y a una de las piezas clave del cerebro: la dopamina.

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Nunca hemos tenido tanto acceso a la información y a la conexión social. Sin embargo, la capacidad de atención se desploma, la ansiedad aumenta y la sensación de “no poder parar de mirar la pantalla” es casi universal.

La explicación habitual apunta a la falta de voluntad. Pero la neurociencia y la biología sugieren algo distinto: no estamos rotos, estamos operando con un cerebro diseñado biológicamente para la escasez, enfrentado a productos creados deliberadamente para explotar estas vulnerabilidades.

Dopamina: del placer a la búsqueda

Durante décadas, la dopamina fue presentada como “la molécula del placer”. Investigaciones de los años noventa realizadas por Kent Berridge y Terry Robinson en la Universidad de Michigan desmontaron este mito. En experimentos con ratas, al bloquear la liberación de dopamina, los animales seguían disfrutando del sabor del azúcar, pero dejaban de moverse para obtener la comida.

La dopamina no produce placer (liking); produce motivación, deseo y anticipación (wanting). Es el combustible de la búsqueda, no la recompensa del hallazgo. En entornos naturales, este sistema tiene frenos biológicos: la obtención de un recurso apaga la señal de búsqueda.

El secuestro de la atención

Entre 2004 y 2007, la industria tecnológica experimentó una transformación. Empresas como Facebook dejaron de entenderse como compañías de tecnología para convertirse en empresas de captura de atención. Contrataron neurocientíficos y psicólogos conductuales para diseñar productos que exploten vulnerabilidades del sistema dopaminérgico.

El refuerzo variable mantiene la búsqueda activa: las notificaciones y los “likes” están calibrados para ser impredecibles, lo que maximiza la liberación de dopamina. La eliminación del cierre (“feeds” infinitos, reproducción automática) mantiene al cerebro en un estado de activación perpetua. El secuestro de la novedad optimiza la presentación de estímulos nuevos para mantener la tasa de dopamina elevada.

Consecuencias de un sistema secuestrado

El uso crónico de tecnologías diseñadas para capturar la atención produce efectos documentados en la literatura científica. La exposición constante a estímulos novedosos e interrupciones fragmenta la capacidad de atención sostenida.

Una revisión sistemática de 2019 en World Psychiatry documentó que el uso intensivo de internet está asociado con reducciones en la capacidad de concentración, memoria de trabajo y control ejecutivo. El refuerzo variable —el mismo mecanismo que hace adictivas las máquinas tragamonedas— genera un estado de anticipación constante que eleva los niveles de cortisol.

Estudios han demostrado que la mera presencia del teléfono aumenta la ansiedad y reduce el rendimiento cognitivo (Ward et al., 2017). La exposición continua a superestímulos digitales disminuye la sensibilidad del sistema de recompensa, lo que provoca que actividades que requieren gratificación diferida —leer un libro, mantener una conversación profunda, realizar un trabajo complejo— comiencen a percibirse como aburridas o insoportables. El cerebro se vuelve dependiente de la estimulación constante.

Además, la exposición a pantallas antes de dormir suprime la melatonina y fragmenta la arquitectura del sueño. La luz azul, combinada con la activación dopaminérgica, retrasa el inicio del sueño y reduce su calidad reparadora. El déficit crónico de sueño agrava a su vez todos los demás problemas de salud mental y cognitiva.

Paradójicamente, las plataformas diseñadas para “conectar” están asociadas con mayores índices de soledad y deterioro de las habilidades de interacción cara a cara. Un estudio longitudinal de 2018 en American Journal of Preventive Medicine encontró que los jóvenes que reportaban mayor uso de redes sociales tenían el doble de probabilidades de experimentar aislamiento social.

¿Cómo recuperar el control?

La evidencia neurocientífica y conductual sugiere varias estrategias. Reintroducir puntos de parada físicos es fundamental: el sistema de búsqueda necesita señales de cierre. Sacar el teléfono de la habitación durante el sueño, usar despertador analógico y establecer zonas libres de pantallas reintroduce límites que el diseño digital eliminó.

Un estudio de 2017 demostró que la simple presencia del teléfono reduce la capacidad de atención sostenida (Ward et al., 2017). También es necesario desactivar el refuerzo variable: eliminar notificaciones no esenciales y usar bloqueadores de “feeds” infinitos reduce la exposición al mecanismo más potente de secuestro. Convertir las notificaciones “push” en “pull” (es decir, que el usuario decida cuándo revisar) disminuye el tiempo de pantalla y la ansiedad asociada (Alter, 2017). Practicar la gratificación diferida mediante períodos regulares de aburrimiento sin estímulos digitales permite recalibrar el sistema dopaminérgico.

Una revisión sistemática de 2019 documenta que implementar bloques de tiempo sin pantallas mejora la capacidad de atención sostenida (Firth et al., 2019). Finalmente, reestructurar el entorno digital resulta más efectivo que la fuerza de voluntad: eliminar aplicaciones del escritorio principal, usar navegadores que bloqueen algoritmos de recomendación y establecer reglas como “un dispositivo a la vez” reduce la exposición al secuestro (Harris, 2019).

Confesiones de los creadores

Recientemente, Sean Parker, el primer presidente de Facebook, reconoció estar explotando una vulnerabilidad en la psicología humana y su biología. “Lo entendíamos, conscientemente, y lo hicimos de todas formas”.

Tristan Harris, ex-ético de Google, afirmó: “Hay mil personas al otro lado de la pantalla cuyo trabajo es desmantelar la autorregulación biológica que tienes”. Un dato revelador es que muchos ejecutivos de Silicon Valley envían a sus hijos a escuelas sin pantallas, reconociendo el daño que sus productos causan.

Para poder transformar el problema, debemos reconocer que no estamos ante un fracaso individual de voluntad, sino ante un diseño deliberado. La culpa puede ser reemplazada por la lucidez. Además, implementar pequeños pasos nos pueden ayudar a reconstruir los frenos que la industria eliminó.


Autor

Silverio García-Lara es profesor investigador del Departamento de Bioingenieria, de la Escuela de Ingeniería y Ciencias, del Tec de Monterrey. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 3.

Referencias

  • Alter, A. (2017). Irresistible: The rise of addictive technology and the business of keeping us hooked. Penguin Press.
  • Firth, J., Torous, J., Stubbs, B., Firth, J. A., Steiner, G. Z., Smith, L., Alvarez-Jimenez, M., Gleeson, J., Vancampfort, D., Armitage, C. J., & Sarris, J. (2019). The «online brain»: How the Internet may be changing our cognition. World Psychiatry, 18(2), 119–129.
  • Harris, T. (2019, May 30). Our brains are no match for our technology. Time Magazine.
  • Ward, A. F., Duke, K., Gneezy, A., & Bos, M. W. (2017). Brain drain: The mere presence of one’s own smartphone reduces available cognitive capacity. Journal of the Association for Consumer Research, 2(2), 140–154.

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