Por José Alberto Díaz Quiñonez
En un mundo acostumbrado a pensar las epidemias como fenómenos del pasado reciente, el brote multinacional de hantavirus detectado en un crucero de expedición en el Atlántico Sur funciona como un recordatorio incómodo: las enfermedades zoonóticas emergentes siguen encontrando nuevas rutas para expandirse en un planeta hiperconectado.
Hasta el 8 de mayo de 2026, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los Centers for Disease Control and Prevention (CDC) confirmaban el seguimiento de un conglomerado internacional de casos asociados a un viaje marítimo que recorrió Ushuaia, la Antártida, Georgia del Sur, Tristan da Cunha, Santa Elena y la Isla Ascensión. A bordo viajaban 147 personas de 23 países. El balance preliminar es preocupante: ocho casos identificados (seis confirmados y dos sospechosos) y tres defunciones.
El agente involucrado es el virus Andes, una variante particularmente relevante dentro de la familia de los hantavirus porque, a diferencia de la mayoría de estos virus, sí posee capacidad documentada de transmisión de persona a persona.
Hantavirus: una amenaza conocida, pero aún subestimada
Los hantavirus son un grupo de virus transmitidos principalmente por roedores. En América pueden provocar el Síndrome Pulmonar por Hantavirus (SPH), una enfermedad potencialmente letal que inicia con síntomas inespecíficos —fiebre, fatiga, dolor muscular, cefalea o malestar gastrointestinal— y que puede evolucionar rápidamente hacia insuficiencia respiratoria aguda.
La transmisión tradicional ocurre por inhalación de partículas contaminadas con orina, saliva o heces de roedores infectados. Sin embargo, el virus Andes representa una excepción epidemiológica de enorme interés para la salud pública global: diversos estudios realizados desde los brotes ocurridos en Chile y Argentina en la década de 1990 documentaron que puede transmitirse entre personas, especialmente mediante contacto estrecho y prolongado, exposición a secreciones respiratorias o convivencia en espacios cerrados.
Eso convierte al actual brote en algo más que un evento aislado asociado al turismo de expedición; lo transforma en un caso de estudio internacional sobre cómo los viajes globales, incluso en regiones remotas, pueden convertirse en escenarios ideales para la diseminación de patógenos emergentes.

Por qué este brote importa más allá de los números
Hasta ahora, la OMS y el CDC consideran que el riesgo para la población general permanece bajo. No existen señales de transmisión comunitaria sostenida ni evidencia de un comportamiento epidémico comparable al de virus respiratorios de alta transmisibilidad. Pero el episodio sí deja varias lecciones críticas.
Primero, evidencia que las zoonosis continúan siendo una de las principales amenazas sanitarias del siglo XXI. Más del 70% de las enfermedades emergentes humanas provienen de animales, y el cambio climático, la alteración de ecosistemas y la expansión de actividades humanas hacia regiones remotas incrementan las posibilidades de contacto con reservorios naturales.
Segundo, confirma que los sistemas de vigilancia epidemiológica internacional hoy funcionan con una velocidad mucho mayor que hace apenas dos décadas. El brote fue detectado rápidamente, los contactos comenzaron a rastrearse en múltiples países y la coordinación entre laboratorios internacionales permitió confirmar en pocos días la presencia del virus Andes.
Y tercero, recuerda algo fundamental: las enfermedades emergentes no dependen únicamente de la biología del virus, sino también de la movilidad humana. Un crucero con pasajeros de más de veinte países puede convertirse, en cuestión de días, en una red transnacional de exposición epidemiológica.
La carrera científica: secuenciación y vigilancia genómica
Uno de los aspectos más relevantes de este brote es que la comunidad científica internacional ya trabaja en la secuenciación genómica completa de las muestras obtenidas de los pacientes infectados.
El 7 de mayo fue publicada en la plataforma internacional Virological.org la secuencia completa preliminar de un aislamiento identificado en un residente suizo vinculado al brote. Este tipo de análisis permite comparar mutaciones, reconstruir cadenas de transmisión y evaluar si existen cambios genéticos asociados con mayor virulencia, patogenicidad o adaptación humana.
Actualmente, laboratorios internacionales trabajan en la secuenciación y el análisis filogenómico de las muestras obtenidas de pacientes asociados al brote. Equipos del Swiss National Reference Center for Emerging Viral Infections y de la Universidad de Zúrich ya publicaron secuencias completas preliminares del virus Andes asociado al evento, mientras otros grupos científicos desarrollan comparaciones evolutivas y reconstrucciones filogenéticas mediante plataformas colaborativas como Nextstrain.
Estos estudios buscan esclarecer las posibles cadenas de transmisión, identificar relaciones entre casos y detectar eventuales cambios genéticos relevantes del virus.

Lo que aún no sabemos
A pesar de los avances, persisten preguntas importantes. Las autoridades sanitarias todavía investigan el origen del brote, es decir, si se originó por exposición ambiental a roedores durante alguna de las escalas o si la transmisión entre humanos desempeñó un papel predominante dentro del crucero.
Tampoco se sabe con claridad qué factores determinan que algunas personas desarrollen cuadros fulminantes mientras otras presentan síntomas leves o moderados. Las diferencias inmunológicas individuales, la carga viral y posibles variaciones genéticas del virus siguen siendo áreas activas de investigación.
Además, hoy no existe un antiviral específico aprobado contra hantavirus. El tratamiento continúa siendo principalmente de soporte intensivo, con énfasis en manejo respiratorio temprano y cuidados críticos oportunos.
La salud global en la era de las zoonosis
Es muy probable que el brote actual no se convierta en una gran epidemia. Pero sería un error interpretarlo como un episodio menor.
Más bien, es un recordatorio de cómo operan las amenazas sanitarias contemporáneas: virus zoonóticos que emergen en contextos ecológicos complejos, transmisión favorecida por movilidad global, cadenas internacionales de vigilancia epidemiológica y necesidad de respuestas coordinadas entre países.
La pandemia de COVID-19 modificó nuestra percepción colectiva del riesgo infeccioso. Sin embargo, brotes como el del hantavirus nos recuerdan que la preparación frente a futuras amenazas no depende solamente de reaccionar ante grandes crisis, sino de fortalecer continuamente la vigilancia microbiológica, la cooperación científica internacional y la capacidad de detectar señales tempranas antes de que escalen.
Porque en salud pública, muchas veces, los brotes pequeños son los que anuncian las preguntas más grandes.
Fuentes oficiales y científicas consultadas:
- World Health Organization (WHO) – Disease Outbreak News: Hantavirus cluster linked to cruise ship travel
- Centers for Disease Control and Prevention (CDC) – Health Alert Network HAN 00528 (HAN 00528)
- Virological.org – Complete sequence of Orthohantavirus andesense virus: Swiss resident 2026
Autor
José Alberto Díaz Quiñonez es decano regional (en CDMX) de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud, del Tec de Monterrey. Como investigador, pertenece a diversas academias y sociedades científicas, como el Sistema Nacional de Investigadores, la Academia Mexicana de Ciencias y la Sociedad Mexicana de Salud Pública. Ha publicado más de 100 artículos científicos originales.






