Con el cambio climático, la intensidad y la frecuencia de las olas de calor han aumentado a nivel global, pero sus impactos son más grandes en algunas zonas. En un estudio reciente, un equipo multidisciplinario e internacional de investigadores desarrolló un índice que permite identificar cuales son las zonas más vulnerables ante esto.
Desarrollado a partir de datos abiertos, el Global Urban Heat Vulnerability Index (Índice Global de Vulnerabilidad al Calor Urbano o GUHVI) no solo identifica en dónde hace más calor, sino dónde ese calor representa un mayor peligro para la población.
A diferencia de muchos otros índices, este permite comparar resultados entre distintas ciudades de todo el mundo. “Eso no significa que no tengan que ser contextualizados, todas las ciudades son diferentes”, explica una de las autoras, Eugen Resendiz, también fellow del Centro para el Futuro de las Ciudades y profesora investigadora de la Escuela de Arquitectura, Arte y Diseño (EAAD) del Tec de Monterrey.
El GUHVI se basa en el marco conceptual del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) que define vulnerabilidad a partir de tres componentes: exposición, sensibilidad y capacidad adaptativa.
A partir de ese enfoque, el índice se construye por tres subíndices:
- Índice de exposición al calor: mide el calor a través de la temperatura superficial del suelo.
- Índice de sensibilidad al calor: incorpora variables urbanas como densidad poblacional, vegetación y porcentaje de reflexión de la radiación solar.
- Índice de capacidad adaptativa: incluye indicadores socioeconómicos como mortalidad infantil y acceso a servicios de salud.
En total, este integra diez variables y les da el mismo peso, de modo que cada componente aporta por igual al resultado final. Los datos provienen de fuentes globales y satelitales, lo que permite aplicarlo incluso en ciudades donde no existen estadísticas locales detalladas.
De un modelo local a una herramienta global
Originalmente, el índice fue diseñado para ser utilizado en Sídney, Australia, por Ryan Turner, entonces estudiante de doctorado del Centre for Urban Research del Royal Melbourne Institute of Technology (RMIT University).
Posteriormente, un equipo integrado por investigadores de México, Australia, China, Estados Unidos, Italia, España, Reino Unido, Brasil y Nueva Zelanda —todos miembros del Observatorio Global de Ciudades Saludables y Sostenibles— lo adaptó para transformarlo en una herramienta comparable a escala global.
El resultado se expresa en una escala que va del cero al cien y entre más valor, mayores serán los impactos a la salud de las personas frente a una situación de calor extremo.
“Otros índices, como el de exposición al calor, aunque son informativos, ignoran cómo están distribuidas las personas en ese entorno urbano”, explica Gonzalo Peraza, profesor investigador del Centro para el Futuro de las Ciudades y la Escuela de Gobierno y Transformación Pública (EGobiernoyTP) y otro de los autores del artículo.
Una de las principales innovaciones del índice es su resolución espacial, que se calcula en celdas de un kilómetro cuadrado, lo que permite identificar diferencias en los niveles de vulnerabilidad dentro de una misma ciudad.
“La idea es que se aplique a la zona metropolitana completa y luego hacer zoom en las regiones que le interesan para identificar las más o menos vulnerables”, dice Peraza.
Ciudad de México, la segunda más vulnerable
Al aplicar el índice en ciudades de todo el mundo, los investigadores encontraron un patrón: la mayor parte de la población se concentra en zonas más vulnerables al calor. Esto sugiere que el riesgo no solo es elevado, sino ampliamente distribuido en entornos urbanos.
Estas áreas suelen ser densamente pobladas, con poca cobertura vegetal, amplias superficies construidas con materiales impermeables, —que no permiten el filtrado del agua— altas temperaturas y condiciones socioeconómicas adversas.
“Fue muy interesante ver que el 60% de la población del área metropolitana de la Ciudad de México vive en áreas de alta vulnerabilidad al calor”, señala Resendiz.
En total, el estudio analizó diecisiete ciudades. Maiduguri, Nigeria, presenta el nivel más alto de vulnerabilidad, con un valor de 69.6, seguido por la Ciudad de México con 46.2. El nivel más bajo lo tiene Hobart, en Australia, con 30.2.
Estos resultados evidencian que la vulnerabilidad no depende únicamente del nivel de ingreso, pues ciudades ricas, como Los Ángeles, pueden presentar niveles elevados debido a su exposición al calor.
El caso de la capital mexicana lo ilustra bien: aunque su exposición es menor que la de Los Ángeles, su alta sensibilidad urbana y baja capacidad adaptativa eleva su vulnerabilidad total.
En conjunto, los resultados confirman que el riesgo por calor extremo no está determinado por un solo factor, sino por la interacción entre condiciones ambientales, urbanas y sociales.
Una herramienta para la toma de decisiones
Además de ser una gran herramienta para diagnosticar las zonas más vulnerables al calor extremo, el GUHVI puede ser utilizado para el diseño de políticas públicas orientadas a la adaptación climática.
Al mapear la vulnerabilidad a escala de barrio, permite identificar con precisión dónde intervenir y qué factores modificar.
Esto es indispensable para lugares como México, en donde el calor extremo ya representa un riesgo creciente para la salud pública. Cada año se registran cientos de casos y decenas o cientos de muertes asociadas a temperaturas extremas, principalmente por golpes de calor y deshidratación.
“Lo que te permite es priorizar intervenciones”, explica Peraza. “Los estados tienen una cantidad finita de recursos y quieren maximizar su aprovechamiento, así que la pregunta es ¿dónde voy a intervenir para tener el mayor impacto?”.
El estudio sugiere que acciones como aumentar la cobertura vegetal, reducir superficies impermeables, ampliar el acceso a servicios de salud en zonas vulnerables y mejorar la eficiencia térmica de las viviendas pueden disminuir este peligro.
También, abre la puerta a políticas focalizadas en grupos especialmente vulnerables. “Los niños menores de cinco años, y los adultos mayores 65 son poblaciones mucho más susceptibles al calor y a otros efectos del cambio climático”, enfatiza Resendiz.
Además, al ser un índice global, permite comparar ciudades entre sí e identificar buenas prácticas que después puedan adaptarse a cada contexto.
En un escenario donde el calor extremo será cada vez más frecuente, herramientas como el GUHVI ofrecen la evidencia necesaria para anticipar riesgos y construir ciudades más resilientes.
“El calor está aquí para quedarse”, concluye Resendiz. “Tenemos que empezar a tomar más acción, investigar y entender mejor lo que está pasando”.
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