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El plan para rescatar un arroyo que la ciudad convirtió en tiradero

Restaurar un ecosistema como el Arroyo Seco-San Agustín puede tomar varias décadas, pero este proyecto busca sentar las bases para una transformación a largo plazo.
El modelo se apoya en el uso de la tecnología y la participación ciudadana. A la fecha, se han realizado 16 campañas de limpieza en el arroyo con la participación de voluntarios. (Foto: Tecnológico de Monterrey)

Aunque Monterrey parezca una ciudad seca, entre sus colonias y avenidas hay una red de arroyos que ayudan a regular la temperatura, conducir el agua de lluvia y conectar ecosistemas.

Durante décadas, muchos de estos espacios se han convertido en tiraderos clandestinos donde se acumulan toneladas de basura. Esta problemática no es exclusiva de Nuevo León, pues, según el PNUMA (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente), uno de cada tres residuos termina en basureros a cielo abierto, lo que contribuye a la contaminación del suelo, el agua y el aire de la región y afecta la salud de las personas.

La investigadora Nélida Escobedo asegura que el proyecto es una visión a largo plazo. (Foto: Centro para el Futuro de las Ciudades del Tec de Monterrey)

Para enfrentar esta problemática, investigadores del Tecnológico de Monterrey desarrollan un proyecto que busca regenerar el Arroyo Seco-San Agustín, un cauce que nace en la Sierra de Chipinque, en el municipio de San Pedro Garza García, y recorre más de 13 kilómetros atravesando Monterrey, hasta desembocar en el río La Silla, en los límites con Guadalupe.

Se trata de Arroyo Vivo, una iniciativa que combina investigación, ciencia de datos, tecnología y trabajo comunitario para regenerar este espacio y desarrollar un modelo que pueda implementarse en otros cuerpos de agua de las ciudades, explica Nélida Escobedo, profesora de la Escuela de Arquitectura, Arte y Diseño e investigadora del Centro para el Futuro de las Ciudades del Tec.

“Es una plataforma con una visión a largo plazo. Buscamos consolidar un modelo de intervención que sea replicable y que detone un proceso de regeneración ecológica, social y urbana en el Arroyo Seco”, dice. “Son lugares donde hay vegetación que nos reduce las temperaturas. Por ejemplo, en mediciones que hemos hecho, la zona del arroyo presenta hasta 10 o 15° de diferencia de temperatura frente a una zona con asfalto”. 

El proyecto comprende 13 kilómetros del cauce, desde que nace en la Sierra de Chipinque, en San Pedro, donde se le conoce como Arroyo San Agustín, hasta convertirse en el Arroyo Seco, que cruza Monterrey y desemboca en el río La Silla, en los límites con Guadalupe. (Foto: Centro para el Futuro de las Ciudades)

Un laboratorio vivo para regenerar el Arroyo Seco-San Agustín

Este proyecto funciona como un laboratorio vivo en el que los investigadores ponen a prueba herramientas tecnológicas, estrategias comunitarias e intervenciones urbanas para desarrollar un modelo replicable.

Surgió como una iniciativa impulsada por la Alianza para la Acción Climática de Monterrey (ACA-MTY), con la colaboración del Tec de Monterrey, del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF México), de la asociación civil Sociedad Sostenible (SOSAC) y de la Fundación FEMSA; además, en su fase inicial recibió financiamiento del gobierno de Estados Unidos a través de la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA).

Su objetivo es restaurar y recuperar el arroyo fortaleciendo la biodiversidad y el tejido social mediante la creación de un corredor biológico en el que los habitantes puedan reconectar con el entorno natural.

Un corredor biológico es un espacio natural que conecta distintos ecosistemas y permite el desplazamiento de especies de flora y fauna. En el caso de Arroyo Vivo, el cauce une la Sierra de Chipinque con el río La Silla, facilitando el movimiento de diversas especies, como jabalíes, aves, insectos, tortugas e incluso el castor americano, una especie considerada en peligro de extinción.

El equipo busca recuperar el arroyo y fortalecer la biodiversidad de su ecosistema y el tejido social en las comunidades vecinas. (Foto: Centro para el Futuro de las Ciudades)

Tecnología y algoritmos para entender la contaminación 

En una primera etapa, el equipo llevó a cabo 16 jornadas de limpieza con voluntariado en las que todo lo recolectado se pesó y se clasificó para que sirviera como insumo para la investigación que ayuda a entender el problema. “Hemos hecho levantamientos de manera manual, es decir, a través de una aplicación móvil (Marine Debris Tracker) con personas que van al sitio y van identificando los diversos tipos de residuos que se encuentran en el arroyo”.

En total, se retiraron 21 toneladas de residuos; además, se identificó que más del 70% de la basura está conformada por plásticos; el segundo tipo de residuo más común son textiles; le siguen llantas y escombros.

Para la segunda etapa del proyecto, el equipo cuenta con el apoyo de Fundación FEMSA para desarrollar tecnología propia que ayude a automatizar la identificación y clasificación de residuos mediante el uso de ciencia computacional y algoritmos para analizar imágenes disponibles en plataformas de geolocalización de Google y las fotografías que comparta la comunidad durante los recorridos. 

“Estamos innovando porque existen análisis de Google Street View que generalmente se usan para estudiar otros indicadores del entorno, como la altura de los edificios o la presencia de arbolado, pero hay poco trabajo sobre cómo analizar estas imágenes para medir residuos”, destaca la líder del proyecto.

La meta es crear una herramienta que permita identificar automáticamente el tipo y el volumen de residuos que hay en el arroyo. Con esta información se busca generar una línea base más precisa sobre la contaminación y facilitar su monitoreo a lo largo del tiempo. 

Trabajo colaborativo para transformar el arroyo

Como parte de la iniciativa, los investigadores también trabajan con estudiantes de un CBTIS cercano al arroyo, quienes participaron en talleres sobre programación de sensores, tecnología y cuidado ambiental. El equipo busca que las comunidades se integren a la iniciativa, formen parte de la regeneración del ecosistema y que este componente se pueda replicar en otros proyectos. 

“Este modelo, lo queremos hacer de forma colaborativa, en un proceso muy horizontal, en donde podamos integrar la participación de las comunidades que son vecinas del arroyo, la academia, desde el Centro para el Futuro de las Ciudades y, por supuesto, también con el gobierno y actores privados para generar un modelo robusto de trabajo”, dice la investigadora. 

Agrega que la parte pedagógica, con el conocimiento, la enseñanza y la tecnología, puede ser fundamental para emprender un proceso de restauración y regeneración basado en las comunidades escolares, con estudiantes, niñas y niños.

El proyecto busca también generar un impacto social al promover oportunidades de justicia social con la reducción de los efectos de la contaminación del medio ambiente en las comunidades y la disminución del riesgo que enfrentan los habitantes que viven cerca del cauce durante eventos de lluvia intensa.

“El arroyo pasa por zonas con perfiles socioeconómicos muy diversos, desde la parte alta que se conoce como Arroyo San Agustín, en San Pedro, donde tiene una condición bastante natural, pero luego cruza la zona de La Campana-Altamira, en Monterrey. Ahí es donde hay un desafío en cuestiones de rezagos sociales y vulnerabilidad del ecosistema; es donde el arroyo presenta mayor contaminación, pero también en las comunidades vecinas”.

El equipo del Centro para el Futuro de las Ciudades trabaja con habitantes del sector y estudiantes en la zona para convertir el arroyo en un corredor biológico. (Foto: Centro para el Futuro de las Ciudades)

Actualmente, el equipo trabaja en una planeación a tres, cinco y diez años para consolidar el modelo de Arroyo Vivo. Los investigadores buscan probar las distintas estrategias desarrolladas durante esta etapa, aprender de los resultados y fortalecer una metodología que permita restaurar otros ecosistemas urbanos de manera integral. Aunque la investigadora reconoce que recuperar un cauce de este tipo puede tomar varias décadas, espera que este proceso ayude a sentar las bases para una transformación de largo plazo. 

“Nuestra aspiración es tener un modelo que inspire a las comunidades, a los gobiernos y al sector privado para participar en este tipo de proyectos”, dice la investigadora. “Tenemos la visión de ser ese modelo que ofrece datos, metodología, tecnología y que puede inspirar la transformación de otros ecosistemas”.

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Autor

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