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¿Qué le pasa exactamente a tu cuerpo al fumar?

El organismo de quien consume tabaco gasta demasiados recursos en reparar los daños. "Es como apagar un gran incendio que urge", dice una experta.
ilustración del impacto del cigarro en el cuerpo
Los doctores recomiendan tratamiento médico y apoyo psicológico para abandonar el consumo de tabaco por la forma en la que engancha al cerebro. (Ilustración: Gabriela Beltrán / TecScience)

Un cigarro se consume en cinco minutos. En ese tiempo, se inhalan 7,000 sustancias químicas, incluyendo 70 conocidas por causar cáncer. Fumar tiene consecuencias inmediatas desde el primer segundo que las sustancias entran en los cuerpos, pasando por nuestras bocas, desde luego pulmones, aunque también provoca efectos psicológicos, daños a nivel celular e impacta nuestra inmunidad pero, a largo plazo, todos dañan la salud.

Después de una inhalación, el humo inicia un recorrido letal. En la boca, la nicotina, sustancia adictiva del tabaco, causa un desequilibrio ecológico y favorece la colonización de bacterias, provocando caries. En especial, el alquitrán que contiene arruina el esmalte dental.

Los microorganismos también encuentran más oportunidades de entrar en las encías, aumentando el riesgo de gingivitis y, en casos graves, periodonititis, que es capaz de tirar dientes. Un fumador tiene tres veces más probabilidades de sufrir enfermedades de las encías que un no fumador. Para agravar la situación, en estas personas, los tratamientos dentales, son menos eficaces, por ejemplo, la colocación de implantes dentales suelen fracasar.

Entre otras cosas, en el humo de tabaco encontramos acetona, usada como quita esmalte; ácido acético, presente en tintes para el cabello; amoníaco, limpiador doméstico; arsénico, es veneno para ratas; benceno, está en el cemento de caucho y la gasolina; cadmio, activo del ácido de batería; formaldehído, útil al embalsamar.

“La única oportunidad que tienes de no tener daño por el uso de cigarro es no agarrar el cigarro”, asegura el neumólogo Rachid Marcos Morales del hospital Zambrano Hellion del Tecnológico de Monterrey.

Cada año, ocho millones de personas mueren debido al consumo de tabaco.  De seguir con la tendencia actual, entre 2010 y 2050 sumarán 400 millones de muertes asociadas a esta práctica. En 2020, el 22.3% de la población mundial consume tabaco, una práctica que mata a la mitad de quienes la adoptan y nunca la abandonan.

¿Cómo entra a los pulmones y qué provoca?

El tabaquismo provoca irritación y una inflamación constante. Rachid Marcos Morales, con alta especialidad en broncoscopia y neumología intervencionista, explica que las partículas de humo menores de cinco micras llegan a una parte profunda del pulmón, los alvéolos, donde sucede el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono entre los pulmones y la sangre.

El humo del tabaco daña las paredes de los alvéolos, impide el adecuado intercambio de gases y afecta la capacidad pulmonar. Si el daño persiste, provoca Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC) y, si la agresión continúa, enfisema. Morales explica que en este último la distensión forzada del tejido termina por destruir a los alvéolos.

Con EPOC y enfisema, las personas sufren falta de aire. En los casos más graves, se sofocan con el mínimo esfuerzo y su descanso se interrumpe porque la frecuencia respiratoria baja tanto que el cerebro lo interpreta como peligro.

Una inflamación capaz de dejar huellas

La exposición constante al humo provoca inflamación crónica y estrés en el cuerpo. Esto obliga a los tejidos a repararse sin descanso, lo que puede causar errores en la reparación celular. Si las sustancias químicas dañan el ADN, las células pueden multiplicarse de forma anormal, causando mutaciones y, eventualmente, cáncer.

Los pulmones son los órganos más afectados durante los cinco minutos que dura un cigarrillo, pero no los únicos. El tabaquismo representa al menos el 30% de las muertes por cáncer. Está relacionado con 17 tipos: de pulmón de células pequeñas, de pulmón escamoso, adenocarcinoma de pulmón, laringe, faringe, cavidad oral, esófago escamoso, adenocarcinoma de esófago, vejiga, hígado, estómago, leucemia mieloide aguda, riñón, páncreas, ovario, cuello uterino y colorrectal.

La exposición constante al tabaco altera la producción y calidad del moco, dejando al sistema respiratorio con defensas adormecidas y susceptible a nuevas infecciones, pero también empeorando condiciones previas como asma.

Los fumadores son considerados población de riesgo por estar bajo una inflamación crónica, precisa Guadalupe Ponciano Rodríguez, especialista en tratamiento de adicciones y académica en el Departamento de Salud Pública de la Facultad de Medicina de la UNAM.

La doctora en Investigación en Medicina explica que las células inflamatorias atraen sustancias que pueden dañar los tejidos, como los radicales libres, que pueden unirse al ADN y causar daño celular.

Ponciano señala que el cuerpo del fumador gasta muchos recursos en reparar los daños de su adicción, descuidando otras partes del cuerpo. Es, dice, como apagar un gran incendio que urge, mientras están sucediendo otros más pequeños.

Por ejemplo, para contener los radicales libres que circulan en órganos y arterias por el tabaco, el cuerpo usa las reservas de antioxidantes que guardaba para otras funciones. Según la OMS, la esperanza de vida de los fumadores es 10 años menor a la de los no fumadores.

El EPOC y el enfisema no se curan,  “ese pulmón está lastimado para siempre”, precisa Morales. En todo caso, lo mejor que se puede hacer es dejar el tabaco para no empeorar y vivir con las consecuencias.

El tabaquismo también deja secuelas de largo plazo en nuestro sistema de defensa. Científicos del Instituto Pasteur expusieron muestras de sangre de mil personas a diferentes microbios para observar su respuesta inmune, lo hicieron midiendo la cantidad de citocinas, proteínas que el organismo libera ante patógenos para regular las reacciones inflamatorias.

Entre los hallazgos del estudio se destaca que fumar deja cambios persistentes en la inmunidad adaptativa, la memoria del cuerpo para combatir enfermedades, hasta 15 años después del último cigarro.

“Estos resultados tienen implicaciones clínicas potenciales sobre el riesgo de desarrollar infecciones, cánceres o enfermedades autoinmunes”, apuntan.

En otros estudios, un mayor riesgo de cursar otras enfermedades se ha establecido. El desarrollar diabetes es hasta un 40% mayor para los fumadores activos que para los no fumadores. También agrava problemas en los riñones y aumenta el riesgo de tener artritis reumatoide, cataratas y degeneración macular.

El desequilibrio que provoca al querer dejarlo

“Tan solo seis segundos después de que la persona da un golpe al tabaco, el cerebro se inunda de nicotina”, detalla Guadalupe Ponciano Rodríguez. La nicotina, indica, es una molécula pequeña capaz de atravesar la barrera hematoencefálica, una red de vasos sanguíneos y tejidos que evita el paso de sustancias al cerebro. Pero la nicotina llega a los alvéolos, pasa rápido a la circulación sanguínea y alcanza el cerebro.

Una vez allí, se une a los receptores nicotínicos, en particular a los ubicados en el área de recompensa.

Ponciano explica que estos receptores son como la cerradura de una puerta y la nicotina es su llave; al abrir las cerraduras se produce dopamina. Este neurotransmisor brinda una sensación de bienestar que, por lo general, se produce con recompensas naturales, pero las drogas como la nicotina la maximizan.

Esa sensación que causa el exceso de dopamina es lo que engancha al fumador; cada vez que enciende un cigarro busca este efecto.

Lo que suena bien, en realidad es una trampa. La nicotina transforma al cerebro. Cuanta más nicotina recibe, más receptores se crean. En el tabaquismo, la tolerancia está determinada por esos receptores y a medida que avanza la dependencia, se necesita cada vez más dosis para obtener el efecto que antes se lograba con un solo cigarro.

Y al dejarlo, las cerraduras quedan tan sedientas que el cerebro siente ese desequilibrio. El malestar físico y mental que provoca se conoce como síndrome de abstinencia, y Ponciano enfatiza que esa es la razón para recomendar tratamiento médico y apoyo psicológico para abandonar el consumo de tabaco.

La nicotina también causa exceso de dopamina en el cerebro al disminuir la enzima monoaminooxidasa (MAO). Una tarea de MAO es limpiar el espacio sináptico deshaciendo la dopamina excedente. “En el cerebro, no podemos permitir restos químicos, las cantidades deben estar exactas”.

La científica explica que si la dopamina permanece en el espacio sináptico, es como tener la línea telefónica (de neurona a neurona) ocupada.

Una vez que llega a la sangre…

A través de los alvéolos, el monóxido de carbono llega al sistema circulatorio, donde se une a la hemoglobina, desplaza al oxígeno y provoca dificultad para respirar. La nicotina y otras sustancias también utilizan esta vía para dispersarse por el cuerpo.

Fumar contrae los vasos sanguíneos y dañan el endotelio, la capa que recubre por dentro las venas y arterias; estos efectos juntos restringen el flujo sanguíneo. Se estima que después de que la gente fuma un cigarro, la vasoconstricción en el cuerpo dura alrededor de 10 minutos.

Si además de fumar, comenta Ponciano, se lleva una dieta alta en grasas, se forman placas de ateroma sobre el endotelio. “Es como pisar una manguera en el jardín”. En conjunto, esto eleva la presión arterial, el riesgo de sufrir infartos al miocardio y embolias. Las personas que fuman menos de cinco cigarrillos al día pueden mostrar signos tempranos de enfermedad cardiovascular.

Las obstrucciones causadas por el tabaquismo reducen el flujo de sangre hacia brazos, piernas y piel. Fumar merma la capacidad del cuerpo de recuperarse de cortes; en diabéticos complica aún más la cicatrización de heridas. En cuanto a los huesos, las mujeres que ya han pasado la edad fértil y fuman tienen huesos más débiles que aquellas que nunca fumaron.

¿Los cigarrillos electrónicos son igual de perniciosos?

Además de nicotina en diferentes concentraciones, precisa Ponciano, el líquido de los cigarrillos electrónicos contiene edulcorantes, propilenglicol, etilenglicol y glicerina, entre otras cosas. La mezcla hierve con la pila y libera un aerosol de partículas diminutas, eso es lo que se inhala, no vapor como se suele creer.

El problema con las grasas que contiene es serio. La académica explica que el aparato respiratorio no tiene la capacidad de asimilarlas, pero que las de los cigarrillos electrónicos son tan chiquitas que logran llegar al fondo del aparato respiratorio, ahí encuentran a los macrófagos, células del sistema inmune que vigilan el espacio respiratorio, esas células se comen las gotitas de grasa y mueren. Entre otras cosas esto puede ocasionar neumonía grasa.

Aunque falta establecer otros posibles daños, en 2019 se publicaron informes de enfermedad pulmonar grave por el uso de estos dispositivos. A lo que se suma el daño que causan los edulcorantes que se adicionan a los líquidos y los metales pesados que se desprenden al calentar los cigarros electrónicos.

Evitar el consumo de tabaco es más que una elección individual, sus daños van más allá del cuerpo de los fumadores. Se estima que la mitad de las niños y niños del mundo respiran aire contaminado por el humo del tabaco. Mientras que en México, el Sistema Nacional de Salud eroga cerca de 116 mil millones de pesos para atender enfermedades que podrían evitarse implementando el Convenio Marco para el Control de Tabaco de la OMS.

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Autor

Geraldine Castro