Hay una afirmación que Cecilia Treviño hace con frecuencia y que suele generar debate: “el plástico no es el enemigo”.
La investigadora del AI for Manufacturing and Supply Chain Institute (AIMS) y profesora de la Escuela de Ingeniería y Ciencias del Tecnológico de Monterrey ha dedicado buena parte de su carrera al estudio de polímeros y materiales sostenibles. Este año, además, fue reconocida por 3M como una de las 25 Mujeres en la Ciencia de Latinoamérica.
En esta entrevista, Cecilia nos habla sobre su camino en la ciencia y su motor: la curiosidad. Nos habla sobre el mentor que cambió el rumbo de su carrera y que la llevó a la investigación y de un diagnóstico de TDAH en la adultez que le ayudó a entender mejor su propia historia.
Una curiosidad que venía de lejos
La ingeniería no llegó por casualidad. Mucho antes de elegir una carrera, Cecilia ya pasaba buena parte de su tiempo tratando de entender por qué algunos materiales reaccionaban al mezclarse, cómo el calor transformaba ciertos elementos y qué ocurría cuando las cosas no seguían el comportamiento esperado.
¿Qué te llevó a dedicarte a la ingeniería química?
Siempre quise estudiar eso. Mi padrino es ingeniero químico, dos de los mejores amigos de mi papá también, y yo siempre tuve esa curiosidad científica. Me la pasaba buscando soluciones a las cosas, planteaba una hipótesis y quería ver qué pasaba. Muchas personas lo veían como travesuras, pero realmente yo quería entender qué ocurría.
Tuve muchísimos juegos de química porque me los acababa en dos días y luego ahorraba para comprar otro. Ahora me entiendo mucho más porque fui diagnosticada con TDAH en la adultez. Esa Cecilia chiquita, con tanta curiosidad científica, también tiene que ver con ese diagnóstico.
Además, estudié PrepaTec en Tampico, muy cerca del corredor petroquímico. Ahí fue cuando terminé de ponerle nombre a algo que ya sabía. Cuando me fui a Monterrey a estudiar ingeniería química, la verdad, fui muy feliz; era exactamente lo que esperaba.
El correo que cambió el rumbo
Después de graduarse, Cecilia comenzó a trabajar, sin embargo, una serie de recortes la dejó sin empleo. En medio de esa incertidumbre, apareció una oportunidad que terminaría por definir su carrera.
Entonces, ¿quién te acercó al mundo de la investigación?
Me llegó un correo de Jaime Bonilla Ríos, quien era director de EXATEC que prácticamente me salvó la vida, porque fue quien me llevó a dedicarme a lo que hago ahora. Era una invitación para aplicar a la Maestría en Ciencias en Sistemas de Manufactura del Tec. Como al mes, ya estaba estudiando la maestría en el Campus Monterrey.
Jaime Bonilla también era investigador y, en su laboratorio, empecé a trabajar con plásticos. Después tuve la oportunidad de ir a la Universidad de Rice y ahí comenzaron a abrirse otras puertas. Él fue mi asesor y, con el tiempo, se convirtió en mi mentor y, gracias a él, estoy donde estoy.
¿Cómo fue entrar de lleno al tema de los materiales?
La verdad, me costó mucho trabajo. Me faltaban muchas herramientas y tuve que aprender cosas completamente nuevas. Jaime decía que una de sus recetas para formar investigadores exitosos es sacar a los ingenieros de su zona de confort. Tomó a una ingeniera química y la metió en el mundo de la ingeniería mecánica. Es algo que después he tratado de replicar con mis alumnos y me ha funcionado muy bien.
La científica que defiende al plástico
A lo largo de su carrera, Cecilia ha estudiado polímeros y materiales sostenibles. En una época en la que el plástico suele asociarse con la contaminación y los residuos, ella insiste en una idea que no siempre resulta popular: el problema no es el material, sino cómo lo utilizamos.
Has mencionado que el plástico no es el enemigo y que es el mejor de los materiales. ¿Cuál es tu visión sobre este y sobre su mala reputación?
Creo que tiene mucho que ver con tendencias y modas que no siempre tienen fundamentos científicos. Con mis estudiantes y en las conferencias me gusta hacer dinámicas de mito o realidad y, con datos científicos, derribar muchos de esos prejuicios.
El plástico es un material barato, fácil de fabricar y muy versátil. Por supuesto que existe un problema con el tema de los microplásticos, no lo voy a negar, y por eso seguimos buscando soluciones. Pero el problema no es el material en sí, sino la forma en que lo usamos y desechamos.
Para mí, la respuesta está en la educación: concientizar sobre consumo y responsabilidad ambiental, porque no solo el plástico genera impactos nocivos en el ambiente; otros materiales también lo hacen, solo que el plástico se convirtió en el gran villano.
Como investigadora, has orientado tu trabajo a dar una segunda vida a distintos tipos de materiales…
Desde el posgrado empecé a trabajar con materiales compuestos y con la parte sustentable. Cuando entendí lo complicado que es el reciclaje en términos de manufactura y costos, me di cuenta de que la solución también tenía que pasar por el reuso. Siempre digo una frase: “When you are a polymer, you are always a polymer”. Entonces empezamos a buscar cómo aprovecharlos de otra manera.
Después llegaron los proyectos del caucho y del café; luego, el de los textiles, que utilizaba polietileno reciclado. Siempre hemos estado buscando esa parte sostenible a través del reuso y de la generación de nuevos materiales.
¿Cuál de estos proyectos te genera más orgullo?
Es muy difícil escoger uno, pero el proyecto de empaques que utiliza residuos como café —y ahora también agave, olote de maíz y yuca— es de los que más orgullosa me hacen sentir. Ese proyecto nació de un pitch en el que yo fui la cara de un equipo y logramos obtener financiamiento. Nos ha ayudado a crecer mucho como grupo de investigación. Además, participan alumnos de pregrado, posgrado y especialistas. Tengo un equipo completo y se siente muy bonito porque hay muchos jóvenes involucrados.
Un reconocimiento que ayuda a creerlo
Este año, Cecilia fue reconocida por 3M como una de las 25 Mujeres en la Ciencia de Latinoamérica, una distinción que visibiliza el trabajo de investigadoras cuyos proyectos generan impacto social.
¿Qué significó para ti este reconocimiento?
Cuando te ponen en una lista tan pequeña, se siente muy real. También aparece el síndrome del impostor. Piensas que quizá no lo mereces o que alguien se va a dar cuenta de que no deberías estar ahí. Pero al mismo tiempo sentí que vamos por buen camino. Que el proyecto vale la pena y que, aunque las cosas avancen más lento de lo que uno quisiera, estamos logrando cosas importantes. Algo que me hizo sentir especialmente orgullosa fue que se mencionara que era una mujer mexicana y profesora del Tecnológico de Monterrey.
Más allá del laboratorio
¿Cómo es Cecilia cuando no está haciendo investigación?
Soy muy alegre y extrovertida; me encanta hablar en público. A mucha gente le llama la atención porque no es un perfil común en la ciencia. También me gusta leer. Soy fan de los libros de fantasía como Harry Potter, Game of Thrones y El Señor de los Anillos. A veces veo las películas o las series y me decepcionan porque mi imaginación es mucho más poderosa.
Me encanta estar rodeada de gente. Siempre estoy con amigos o con mi familia. Me gusta hacer ejercicio, pasar tiempo con mis hijos y viajar. Mi esposo y yo siempre estamos buscando cuál será la siguiente aventura que vamos a hacer con los niños.
¿Lograste encontrar ese equilibrio entre tu vida personal y tu carrera como investigadora?
Muchas veces se nos ha dicho a las mujeres que, para sobresalir, hay que renunciar a ciertas cosas. Yo no lo considero así, tengo dos hijos, un matrimonio muy feliz, disfruto viajar y tengo una vida social activa. Creo que hay que romper con la idea de que una mujer tiene que elegir entre la ciencia y la maternidad. No creo que sea así, quizá avanzas a otro ritmo o eliges mejor tus momentos pero no tienes que sacrificar una parte de tu vida. Y tampoco tienes que hacerlo sola. Yo tengo un excelente equipo de apoyo que me permite ser mamá, investigadora, esposa, amiga, hija y hermana.
Entenderse a sí misma
Hace cinco años diagnosticaron a su hijo mayor con TDAH y en ese proceso Cecilia comenzó a reconocer en sí misma algunos rasgos que la habían acompañado desde la infancia.
¿Así fue como llegaste al diagnóstico?
Creo que a muchos millennials de mi generación nos está pasando que, cuando diagnostican a nuestros hijos con esta condición, pensamos… “esto tiene que venir de algún lado” y luego nos reconocemos en ciertos rasgos. Es muy difícil tener un hijo neurodivergente. Desde que nace, pasando por el diagnóstico, las terapias y los especialistas, el proceso es desgastante. En mi caso, me llevó a una depresión y así fue como llegué al psiquiatra.
Después, con la terapia de mi hijo, empecé a notar cosas que me hacían clic. Tiene prácticamente un año que empecé a recibir tratamiento para el TDAH y cambió por completo mi productividad. Me volví mucho más eficiente y enfocada. Y todo esto fue gracias a mi mayor maestro: mi hijo. Para mí, esta parte no es ningún secreto, al contrario, creo que a veces ayuda a que la gente valore más todo lo que hay detrás.
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