Para muchos mexicanos parecería que mantener su estilo de vida es cada vez más difícil. Comprar comida, pagar la renta, ir al doctor y transportarse luce cada vez más caro. Esto ha generado una sensación de que el dinero ya no alcanza igual y podría llevarnos a concluir que los precios de los bienes y servicios simplemente han aumentado más de lo que lo han hecho los salarios. Sin embargo, al revisar los datos de cerca, la respuesta resulta mucho más compleja.
Aunque la percepción de que el dinero rinde menos no surge de la nada, tampoco significa que todo haya aumentado igual o que el bienestar económico del país haya retrocedido de forma generalizada.
Algunos indicadores muestran una mejora en el ingreso y el bienestar de los hogares, mientras que otros revelan que bienes fundamentales para construir un patrimonio, como la vivienda, se han alejado del alcance de muchas familias.
“La inflación en vivienda rebasa por mucho la inflación general”, dice Héctor Villarreal, profesor investigador de la Escuela de Gobierno y Transformación Pública (EGobiernoyTP) del Tec de Monterrey. “Hasta con un buen sueldo, no es fácil para una pareja joven, mucho menos para un individuo joven, decir: me compro una casa”.
Comprender que los salarios sí han aumentado, pero que algunos bienes y servicios también lo han hecho de forma exacerbada, es clave para explicar la aparente contradicción que vivimos.

El aumento de salarios contra el aumento de bienes y servicios
En los últimos años, México ha vivido un aumento inédito del salario mínimo. Desde 2019, la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (Conasami) aprobó incrementos anuales de entre 15% y 22%, muy por encima de la inflación. Como resultado, el salario mínimo general pasó de 88.36 pesos diarios en 2018 a 248.93 pesos diarios en 2024.
Ese cambio también se refleja en el ingreso de los hogares. La Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), reporta que el ingreso corriente promedio trimestral por hogar alcanzó 77,864 pesos, con un incremento real respecto a la edición anterior. Además, 65.6 % de ese ingreso provino del trabajo, una señal de que las mejoras salariales han tenido efectos sobre la economía familiar.
Sin embargo, la sensación de que el dinero ya no alcanza también depende de qué consumen los hogares.
La ENIGH muestra que las familias mexicanas gastan principalmente en alimentos, bebidas y tabaco, seguidos por transporte y comunicaciones. Cuando estos aumentan de precio, el impacto en el presupuesto se percibe rápidamente.
Algunos alimentos, como el queso, han incrementado de forma importante mientras que otros han evolucionado de manera mucho más moderada.
“Me atrevo a decir que en nuestro país, una buena canasta de alimentos sí es accesible para un porcentaje grande de la población”, dice Villarreal.
Algo similar ocurre con los servicios de salud: existen hospitales privados excesivamente caros, pero también se ha expandido la oferta de consultas y servicios médicos de bajo costo, como las consultas en farmacias, ampliando el acceso para distintos sectores de la población.
“Si se necesita un tratamiento para algo más delicado, puede ser muy costoso y los servicios públicos están batallando para satisfacer las necesidades de nuestra población”, advierte Villarreal.
El punto de quiebre: la vivienda
El aspecto económico que más impacto parece tener en la percepción de la falta de asequibilidad en México es la vivienda.
Según la Sociedad Hipotecaria Federal, durante 2025 el precio de las viviendas adquiridas mediante crédito hipotecario aumentó 8.7 % a nivel nacional, más del doble que la inflación registrada ese año, de 3.7%. El valor promedio de una vivienda alcanzó 1.86 millones de pesos, con incrementos todavía mayores en ciudades como Guadalajara, Monterrey y Tijuana.
Aunque no existe un índice oficial en el país que mida la evolución de las rentas, a través de experiencias de usuarios, existe la noción de que cada vez es más caro alquilar un espacio.
Esta dinámica ha convertido a la vivienda en uno de los principales retos económicos para los adultos jóvenes. Aunque muchas personas han visto crecer sus ingresos y tienen acceso a bienes y servicios que hace algunas décadas eran impensables, comprar una casa o un departamento resulta hoy mucho más difícil.
“Entre las razones que se han puesto sobre la mesa es que muchas de las propiedades se volvieron activos especulativos para fondos de inversión”, señala Villarreal.
Otros factores que podrían explicar este fenómeno son la concentración de la demanda en determinadas ciudades —como la Ciudad de México— y zonas urbanas, la especulación inmobiliaria y la proliferación de empresas de estancias cortas, como Airbnb.
Aunque el investigador reconoce que todavía se necesita más estudio para entender el fenómeno de la vivienda en su totalidad, reconoce que es el factor que más estrés ejerce sobre los costos actuales.
El problema va más allá del mercado inmobiliario. La posibilidad de acceder a una vivienda influye en decisiones como independizarse, formar una familia o construir patrimonio, por lo que su encarecimiento tiene efectos que van más allá de las finanzas personales.
Una paradoja que va más allá de la inflación
Comparar el nivel de vida de distintas generaciones tampoco es sencillo. En la actualidad, por la globalización y el uso de redes sociales, la aspiración a un estilo de vida por encima de los medios de cada persona es real.
“Es un asunto válido, en el que hay aspiraciones insatisfechas, de aspectos como los restaurantes o la ropa que a lo mejor no son tan accesibles”, señala Villarreal.
Por otro lado, muchas personas tienen acceso a teléfonos inteligentes, plataformas digitales, automóviles con tecnología y viajes a un precio que era impensable hace treinta años. Al mismo tiempo, comprar una casa, ahorrar y construir un patrimonio parece cada vez más difícil.
Para el investigador, ambas realidades pueden coexistir. Los hogares pueden consumir más que antes y, al mismo tiempo, sentir que los objetivos de largo plazo se alejan cada vez más.
Además, la desigualdad sigue marcando la realidad de nuestro país. “La diferencia entre los que les va mejor y los que les va peor es muy grande”, dice.
Así, la evidencia no confirma que el costo de vida haya empeorado de forma uniforme para todos los mexicanos, pero tampoco desmiente la sensación de que el dinero cada vez alcanza menos.
“La realidad es que las cosas han cambiado y hoy los mexicanos son poblaciones diferentes con hábitos diferentes”, concluye Villarreal.
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