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El mito del “macho alfa”: la historia detrás del concepto que se tambaleó

El concepto surgió de la interpretación equivocada del comportamiento animal, pero en las últimas décadas, otras investigaciones han corregido su significado.
macho alfa - lobo
Casi desde que se acuñó el término "macho alfa", uno de los investigadores que ayudó a popularizarlo comprobó que era erróneo, pero publicó su estudio hasta casi el año 2000. (Foto: Getty Images)

El término macho alfa está por todos lados. En libros de autoayuda para varones, canales de YouTube de autoproclamados gurús de la masculinidad o series de televisión. Normalmente se usa para describir a un tipo de hombre como líder natural, asertivo, seguro de sí mismo y que provee para su familia. 

Aunque suene inocente y algo aspiracional, en muchas ocasiones también se usa para justificar actitudes machistas y violentas, sembrando la idea de que hay algo en nuestra biología que define a las mujeres como cuidadoras y a los hombres como proveedores.

El concepto en realidad surgió de la interpretación equivocada del comportamiento animal, pero durante las últimas décadas, otras investigaciones en cánidos, primates y sociedades humanas han comenzado a contar una historia muy distinta.

El origen del “alfa”

El origen de alfa está en el estudio del comportamiento de los lobos y ha sido malinterpretado y mal utilizado en la cultura popular.

“Como biólogo, me he especializado en lobos durante toda mi carrera”, dice David Mech, también zoólogo, investigador del Servicio Geológico de Estados Unidos y profesor de la Universidad de Minnesota.

En 1970, Mech publicó un libro muy famoso que reunía toda la información disponible hasta la fecha sobre la especie.

Entre algunas de sus descripciones estaba la organización social de las manadas, que en ese momento se basaba principalmente en conocimiento extraído de lobos en cautiverio.

Al macho, que lograba dominar a los demás a través de la agresividad para hacerse de recursos, lo nombró alfa y a la hembra que hacía lo mismo también.

Los medios de comunicación de la época retomaron el término y lo popularizaron tanto, que terminó aplicándose a otras especies, como a los gorilas o los humanos. Hoy, se utiliza para darle un supuesto sustento científico a los roles de género.

La idea del macho alfa se tambalea

Sin embargo, lo que los medios no retomaron es que cuando Mech decidió estudiar a los lobos en su hábitat natural, la idea del macho alfa empezó a tambalearse.

Conforme el investigador y otros etólogos continuaron sus estudios en estos animales, se fueron percatando de que las manadas no eran grupos de machos o hembras de distintos orígenes sino familias con un padre, una madre y sus crías.

“Aunque aprendí eso en los años 60 y 70, la idea de que no creía que el término alfa fuera apropiado para referirse a una manada se me ocurrió hasta 1990”, recuerda Mech.

En esa década, el investigador viajó a la isla Ellesmere, cerca del Polo Norte, donde los lobos no habían tenido mucho contacto con los humanos y no les temían.

“Conforme los veía, me fui cuestionando. ¿Por qué los llamamos alfas o animales de alto rango, si en realidad son padres, como los de una familia?”, cuenta el experto. En sus observaciones, ambos padres conseguían recursos para sus crías de forma pacífica, sin entrar en conflicto con otras manadas.

En 1999, publicó sus conclusiones en un artículo en donde se retractaba del término alfa y proponía que se les llamara simplemente macho reproductor y hembra reproductora.

A pesar de esto, para entonces, el término alfa era tan popular que no hubo manera de frenarlo ni de revertir su impacto.

Primates: una historia de diversidad de comportamientos

Si el macho alfa en los lobos está basado en una mala interpretación, ¿qué hay de los primates, nuestros parientes más cercanos?

El nacimiento y la retracción del término macho alfa. Dominancia en primates. (Gráficos: Oldemar González / TecScience).

Aunque es cierto que existen especies —como los chimpancés y los gorilas de montaña— que tienen una diferencia marcada de tamaño entre hembras y machos y que establecen una jerarquía de dominancia, en realidad es una estrategia poco común en este grupo de animales.

Un análisis de 121 especies encontró que en el 70% no hay una dominancia clara entre sexos, 17% tienen dominancia masculina y 13% dominancia femenina. 

Más que un único modelo de organización social basado en el poder, los primates muestran una enorme diversidad y flexibilidad en la forma en que se relacionan entre machos y hembras

Los muriquis o monos araña lanudos del bosque de Brasil, son ejemplo de ello.

Incluso en las especies donde el macho es más grande y fuerte, se han observado otras estrategias, como la amabilidad y la amistad para lograr reproducirse.

“Son de los animales más pacíficos que conocemos”, dice Karen Strier, primatóloga de la Universidad de Wisconsin, Madison. “La relación entre hembras y machos es muy igualitaria”. 

Los machos y hembras forman amistades, pero ellas abandonan su grupo originario y buscan otro para aparearse, lo cual las hace extremadamente independientes.

“Sabemos ahora por los estudios de muchos investigadores, incluyendo quienes estudiaron babuinos —que son de las especies con mayor dimorfismo sexual— que existe una estrategia alternativa”, cuenta Strier. 

De acuerdo con ella, en estas especies hay machos que apoyan a las hembras y llegan a cuidar a hijos que no son suyos.

“Resulta que las hembras se asocian y aparean preferentemente con estos machos gentiles”, apunta la primatóloga, que ha estudiado a los muriquis desde hace décadas.

Un gran cazador que resultó ser mujer

Si nos vamos a la historia de nuestra propia especie, la idea de que los hombres proveen y las mujeres cuidan se desdibuja. Desde hace algunos años existe un nuevo paradigma que establece que en nuestros antepasados ambos sexos cazaban y recolectaban.

Un investigador clave es el arqueólogo Randall Haas, también profesor de la Universidad de Wyoming y experto en sociedades cazadoras-recolectoras ancestrales.

En 2013 él y su equipo encontraron un entierro ceremonial de nueve mil años de antigüedad en las montañas del altiplano andino, en Perú. Ahí, habían restos de muchas personas, pero uno llamó mucho su atención. Lo bautizaron Warawara.

“Era un individuo adulto joven al que enterraron con un gran paquete de herramientas”, recuerda Haas. “Eran 22 objetos apilados unos sobre otros, de los cuales seis correspondían a puntas de proyectil, o sea, eran para cazar”.

Platicando, notaron que entre científicos pensaban a Warawara como un gran cazador, un jefe que asumían era un varón. 

Unas semanas después, Jim Watson, bioarqueólogo de la Universidad de Arizona, viajó al lugar para analizar los restos y le dijo a Haas que tenía la impresión de que los del gran cazador, eran en realidad de una mujer.

En shock, Haas lo corroboró al mandar los huesos a examinar a través de un método capaz de determinar con alta precisión el sexo de un esqueleto usando las proteínas del esmalte dental.

“Realizamos el análisis y confirmamos que se trataba de una mujer”, cuenta el investigador. Las proteínas asociadas al cromosoma Y —relacionado con el sexo masculino— estaban ausentes y las asociadas al cromosoma X estaban presentes en abundancia.

Reescribiendo la historia de las sociedades cazadoras-recolectoras ancestrales

Después del inesperado descubrimiento, Haas decidió indagar más. Revisó estudios de 107 sitios arqueológicos de América donde se había estimado el sexo de los huesos encontrados en la misma época que vivió Warawara, la gran cazadora.

“Cuando se sumaban todos, era algo así como 11 mujeres y 16 hombres enterrados con su kit de cacería”, apunta el arqueólogo. 

Al analizar las puntas de las lanzas en un microscopio para ver los patrones de desgaste y confirmar si se usaban para esta actividad, no quedó duda de que las personas enterradas las empleaban para cazar grandes animales.

Haas publicó un estudio, que con otras investigaciones, se asegura la participación de las mujeres en la cacería de manera más activa de lo que se creía anteriormente y que es algo que se repite en todo el mundo.

“Estos patrones impulsados por factores económicos y biológicos estarían mucho más generalizados que solo en América”, reflexiona.

La razón por la que antes no lo sabíamos es por los sesgos que han existido en la arqueología, antropología y biología, no necesariamente de manera intencional.

En muchas ocasiones cuando se encontraban entierros de cazadores, ni siquiera se revisaba si eran del sexo masculino o femenino. En otras, cuando sí se estimaba el sexo y encontraban a una mujer con lanzas, asumían que las utilizaban para cocinar. 

Las mujeres también cazan

Lo que encontraron Haas y su equipo se repite en las sociedades cazadoras-recolectoras de hoy. Contrario a lo que muchos creemos, actualmente existen decenas de sociedades cazadoras-recolectoras en todo el mundo y en la mayoría las mujeres cazan activamente.

Mujeres cazadoras ancestrales y actuales. (Gráficos: Oldemar González / TecScience).

Se ha encontrado que, de 63 sociedades estudiadas, en 50 existía documentación de mujeres cazando. Esto representa un 79%.

“Las mujeres son muy creativas con las herramientas que usan para cazar, mientras que en muchas culturas los hombres solo lo hacen con arco y flecha”, dice Cara Wall-Scheffler, investigadora y profesora de la Universidad de Seattle Pacific y una de las autoras de ese estudio. 

De acuerdo con su investigación, la caza femenina es deliberada e intencional, no oportunista. Además, 46% cazan presas pequeñas, 15% presas medianas y 33% presas grandes.

Tipo de cacería y tipo de presas de las mujeres cazadoras actuales. (Gráficos: Oldemar González / TecScience).

“Si hablamos de presas muy grandes, la cacería se hace en equipo, como una manada y las mujeres y los niños definitivamente participan”, expresa la experta.

La flexibilidad es nuestra mayor ventaja evolutiva

Con todo este conocimiento, resulta difícil sostener que los roles de género actuales sean una consecuencia inevitable de nuestra biología.

“La división sexual de la labor que experimentamos en las sociedades de hoy no son inamovibles”, dice Haas. “Se pueden cambiar y han cambiado mucho en el pasado, no hay nada natural o fijo en la forma en que nos organizamos hoy”.

En realidad, si nos asomamos a la naturaleza y a nuestra propia historia encontramos que lo que sí nos caracteriza son la cooperación y la adaptabilidad.

“Somos la única especie de primate que puede vivir en cualquier lugar del mundo”, señala Wall-Scheffler. “Una de las razones es porque podemos aprender unos de otros y ser flexibles”.

Los lobos no organizan sus manadas de una sola manera, los primates han desarrollado múltiples estrategias sociales y nuestros antepasados no dividían necesariamente las tareas según los roles que hoy damos por sentados.

Aunque no existe un solo origen del mito del macho alfa y el hombre cazador, la realidad es que son ideas relativamente recientes que no nos han definido desde siempre.

“Está la historia de que los hombres son violentos y promiscuos porque la evolución los hace serlo”, dice Wall-Scheffler. “Antes era Dios quien los hizo serlo”.

Los investigadores desean dejar en el pasado que se justifique en el nombre de la biología la opresión de las mujeres y la violencia de algunos hombres.


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Autor

Picture of Inés Gutiérrez Jaber