Es difícil imaginar un contexto más adverso para desarrollarse que uno de guerra o conflicto armado. Las infancias que crecen en estas situaciones enfrentan dificultades y violencias únicas que deben entenderse y atenderse para lograr el bienestar de todos los niños y niñas del mundo.
“Sabemos que la niñez y las familias están desproporcionadamente impactadas por el conflicto y que ahí está la oportunidad de realmente transformar esas sociedades”, dijo Angélica Pongutá, del Centro de Primera Infancia del Tec de Monterrey.
Pongutá y tres investigadores más participaron en el Panel: Primera Infancia y Construcción de Paz, durante el tercer Foro Internacional de Primera Infancia, donde explicaron −con evidencia− que la violencia, la pobreza y la escasez que se viven en los conflictos armados afectan profundamente a las infancias y sus cuidadores.
Actualmente, de las muertes ocasionadas por la guerra, el 90 % son civiles y, de estas, el 30 % son niños y niñas.
Para contribuir a construir sociedades pacíficas, en 2013 se formó el Consorcio para la Paz en la Primera Infancia, un grupo multinacional y multinstiucional de medios de comunicación, funcionarios públicos e investigadores que buscan reducir la violencia y construir la paz invirtiendo en el desarrollo de la primera infancia.
De acuerdo con Pongutá, quien forma parte de este, ha sido difícil encontrar financiamiento y una aceptación global de lo que significan la guerra y los conflictos armados para las infancias.
La guerra deja marcas biológicas que se heredan por generaciones
Enfocarse en la primera infancia para alcanzar la paz es indispensable, pues cuando experimentan violencia o estrés tóxico en etapas tan tempranas, esto afecta el desarrollo de su cerebro.
Esto crea un círculo vicioso en el que los niños que viven el trauma a causa de la violencia y los conflictos armados pueden convertirse en adultos que perpetúan la violencia en sus familias y sociedades.
“Lo que los refugiados quieren es vivir en paz, en unión y en dignidad”, expresó Catherine Panter-Brick, investigadora del MacMillan Center, de la Universidad de Yale.

Catherine Panter-Brick, investigadora del MacMillan Center, de la Universidad de Yale. (Foto: Alejandro Salazar /TecScience)
Durante años, Panter-Brick ha realizado investigación con familias de refugiados afganos y sirios para comprender la salud mental, el estrés intergeneracional y la resiliencia en comunidades afectadas por la guerra.
En un estudio, ella y su equipo analizaron el impacto de la violencia que se había vivido en Siria en 1980 durante el asedio de Alepo –una operación militar en Siria– en madres que lo vivieron.
“Tenemos un grupo de abuelas que vivieron la brutalidad de esa guerra, quienes dieron a luz a madres que, a su vez, dieron a luz a los niños que hoy viven en el contexto de los refugiados sirios”, dijo Panter-Brick.
Lo que encontraron fue que la exposición a la violencia en esta época dejó una marca epigenética (una etiqueta química que se añade al ADN) a lo largo de las tres generaciones, a pesar de que la segunda no estuvo presente en la guerra.
“Estas marcas epigenéticas heredables sirven como una memoria de estas experiencias”, enfatizó la experta.
La adversidad impacta el cerebro de las infancias
A nivel cerebral, las condiciones de vida, como la pobreza, el nivel educativo de los padres y el entorno socioeconómico, afectan el desarrollo cognitivo y las capacidades autorregulatorias en la infancia.
En la Unidad de Neurobiología Aplicada, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Buenos Aires, Sebastián Lipina, ha llevado a cabo investigaciones que conectan la neurociencia, psicología del desarrollo y políticas sociales.
A lo largo de su trabajo, ha encontrado que los entornos difíciles, como la pobreza infantil, tienen un impacto directo en el cerebro de la infancia.

“Necesitamos trabajar mejor en el contexto latinoamericano para desarrollar un cuerpo de evidencia de desarrollo humano que nos permita entender qué tipos de intervenciones sugerir”, expresó Lipina.
Es probable que, al estudiar los efectos de los conflictos armados y la violencia en América Latina, veamos resultados similares en cuanto a su impacto biológico y neurobiológico.
¿Cómo proteger a las infancias del conflicto armado y la violencia?
Además de buscar el fin de la guerra y de los conflictos armados en el mundo, Panter-Brick y otros grupos de investigadores han buscado desarrollar programas e intervenciones que protejan a las infancias y familias que atraviesan estas situaciones.
En el caso de los refugiados, cosas tan simples como que los padres les lean a las infancias pueden aumentar su resiliencia.
Craig Bailey, profesor e investigador del Yale Child Study Center, ha explorado el aprendizaje socioemocional en las infancias, con énfasis en la importancia de los educadores en la promoción del desarrollo de la empatía y la regulación emocional.
“Las personas que participan en programas de aprendizaje socioemocional tienen menos probabilidades de ser encarceladas”, relató Bailey.
Estos programas son intervenciones educativas que les enseñan a los estudiantes a desarrollar el conocimiento, las habilidades y las actitudes para gestionar sus emociones, establecer metas, mostrar empatía, construir relaciones saludables y tomar decisiones responsables.

Pueden enseñarse en contextos de guerra y de conflicto armado, así como en vecindarios que experimentan violencia. De acuerdo con el experto, cuanto antes se enseñen, mejor será el resultado.
También enfatizó la importancia de vigilar la calidad de los programas y capacitar a los educadores que las imparten y mejorar el sistema social en el que existen.
“Los niños aprenden a través de sus relaciones e interacciones”, dijo Bailey. “Por lo tanto, si queremos marcar la diferencia en la vida de un niño, tenemos que marcar la diferencia en la vida de quienes lo cuidan”.
Así, lograr que la primera infancia esté al centro de la construcción de la paz requerirá seguir desarrollando evidencia que se convierta en cambios accionables.
“Vamos a pensar en el camino para que el conflicto armado y la violencia no sean la realidad que tantos niños y niñas viven en el mundo”, concluyó Pongutá.
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