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Cuando los datos dicen que una ciudad mejoró, pero sus habitantes no lo sienten

Especialistas reunidos en la Conferencia Internacional sobre Salud Urbana explicaron por qué la evidencia es indispensable, pero no suficiente.
ilustración colorida con elementos de una ciudad
América Latina está liderando proyectos de investigación urbana. (Imagen: Getty Images)

En las favelas de Belo Horizonte, Brasil, las cifras indicaban que Vila Viva, un programa municipal de transformación urbana, había funcionado: mejoraron la infraestructura y los indicadores de salud y se redujo la violencia, particularmente los homicidios.

Sin embargo, cuando Waleska Caiaffa, profesora visitante de la Universidad Federal de Minas Gerais (UFMG) e integrante del Observatorio de Salud Urbana de Belo Horizonte, junto con su equipo, entrevistó a los habitantes, encontró que el miedo persistía y que las redes de apoyo seguían debilitadas.

“Si nos hubiéramos detenido en los datos, podríamos haber concluido que la intervención funcionó”, dijo la investigadora durante la plenaria Regional Spotlight: Latin America & Caribbean – Regional Evidence, City Practice, and Capacity for Action.

La plenaria formó parte de la 22ª edición de la Conferencia Internacional sobre Salud Urbana (ICUH) y contó con la participación de Caiaffa; Olga Sarmiento, directora de Investigaciones de la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes, Colombia; Eduardo Santana, fundador del Museo de Ciencias Ambientales de la Universidad de Guadalajara (UdeG) y Nélida Escobedo, fellow del Centro para el Futuro de las Ciudades (CFC) y profesora de la Escuela de Arquitectura, Arte y Diseño (EAAD) del Tec de Monterrey. Fue moderada por Eugen Reséndiz, profesora investigadora de la EAAD y fellow del CFC.

Durante el panel, coincidieron en que, para mejorar las ciudades, la evidencia es indispensable, pero no basta con producirla: hay que entenderla y evaluarla junto con las comunidades y convertirla en cambios que se sostengan en el tiempo. 

De izquierda a derecha: Eugen Reséndiz, fellow del Centro para el Futuro de las Ciudades (CFC) y profesora investigadora de la Escuela de Arquitectura, Arte y Diseño (EAAD); Waleska Caiaffa, profesora visitante de la Universidad Federal de Minas Gerais, Brasil; Olga Sarmiento, directora de Investigaciones de la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes; Eduardo Santana, fundador del Museo de Ciencias Ambientales de la Universidad de Guadalajara (UdeG); y Nélida Escobedo, fellow del CFC y profesora de la EAAD.

Evidencia científica para construir ciudades saludables

Según los especialistas, las ciudades no solo pueden dejar de enfermar a quienes las habitan, sino que, si están bien diseñadas, también pueden protegerlos.

Una de las iniciativas presentadas fue el teleférico de Bogotá, Colombia, que conecta asentamientos informales con el sistema de transporte público. En su investigación, Sarmiento y su equipo encontraron que además de reducir los tiempos de traslado, esta infraestructura disminuyó la exposición a contaminantes atmosféricos, mejoró la satisfacción de los usuarios y redujo el estigma asociado a la zona.

Su equipo también ha evaluado las Manzanas del Cuidado, espacios que ofrecen servicios educativos, actividades físicas y apoyo a personas cuidadoras, principalmente mujeres. 

Los resultados muestran que las mujeres que asisten tienen más probabilidades de realizar actividad física, dormir entre siete y nueve horas y establecer nuevas relaciones sociales.

Estas experiencias muestran cómo la investigación puede identificar beneficios de las intervenciones urbanas que van más allá de sus objetivos iniciales. “Ha habido gobernanza y continuidad en los liderazgos en las políticas, pero también diálogo con la comunidad”, destacó Sarmiento.

De la evidencia a las acciones sostenidas

Pero generar evidencia no garantiza que se convierta en políticas públicas. Para cerrar esa brecha, Escobedo presentó Urban95 Academy para América Latina y el Caribe, un programa que conecta investigaciones y experiencias urbanas con las autoridades municipales para mejorar los espacios destinados a la primera infancia y a sus cuidadores.

Urban95 propone imaginar la ciudad desde una altura de 95 centímetros, que es la de un niño de tres años, aproximadamente. Al mejorar el entorno urbano para las infancias, se pueden prevenir accidentes, aumentar la actividad física, reducir la exposición a la contaminación, favorecer el desarrollo infantil y mejorar el bienestar de sus cuidadores.

“¿Cómo podemos transformar una calle para que se convierta en una ruta segura hacia la escuela?”, cuestionó la investigadora.

Otra vía para acercar la evidencia a la gente son los museos. Santana planteó que estos pueden contribuir a mejorar la salud urbana al conectar la ciencia, el arte y la participación ciudadana para impulsar cambios en el entorno.

Desde el museo que dirige, el investigador ha observado de primera mano cómo el conocimiento y la inspiración se pueden traducir en acciones concretas, como reducir la contaminación, fomentar el uso de bicicletas y aumentar las áreas verdes, medidas que, según él, también benefician la salud física y mental de sus visitantes.

Por eso, propuso medir el impacto de los museos no solo por cuántas personas van, sino por los cambios ambientales y sociales que ayudan a generar.

“Los museos pueden generar evidencia sobre salud, interpretarla, reunir a las comunidades y apoyar la prevención y el bienestar”, señaló.

Así, los especialistas destacaron que construir ciudades saludables requiere más que producir conocimiento. Es necesario generar evidencia cualitativa y cuantitativa, traducirla en acciones concretas, evaluar y diseñar las intervenciones de la mano de la comunidad y lograr que estas se sostengan a lo largo del tiempo, independientemente de los cambios de gobierno. 

“Nuestra región tiene mucho conocimiento y experiencia práctica que ofrecer al mundo”, concluyó Reséndiz. 

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Autor

Picture of Inés Gutiérrez Jaber