Muchas personas disfrutamos de una cerveza cuando hace calor o de una copa de vino después de trabajar y lo hacemos pensando que si lo consumimos con moderación no nos hará daño. Sin embargo, estudios científicos recientes apuntan a que hemos subestimado el impacto del alcohol en la salud humana.
“Es una sustancia que nos afecta, no solo a nivel biológico, sino también social”, dice Fabiola Castorena, profesora investigadora de la Escuela de Medicina y Ciencias de la Salud del Tec de Monterrey.
Uno de los estudios más completos sobre el tema analizó datos de 204 países en personas de 15 años en adelante, del periodo de 1990 a 2020, para estimar cuál es el nivel de consumo que minimiza los riesgos de salud.
Para hacerlo, los investigadores integraron miles de bases de datos y crearon modelos de su impacto en 22 desenlaces de salud distintos como cáncer, enfermedades cardiovasculares, accidentes y lesiones. Luego, analizaron estos datos con una medida que refleja cuántos años de vida se pierden por enfermedad o discapacidad.
Lo que encontraron es que, en personas menores de cuarenta años, la cantidad teóricamente segura de alcohol es cero o cercana a cero y de alrededor de 1.8 bebidas al día en personas mayores.
Esto se debe a que en la población joven hay una mayor predominancia de lesiones y accidentes relacionados con el alcohol, mientras que en las personas mayores de cuarenta este riesgo disminuye.
En adultos mayores existen algunos beneficios cardiovasculares, pero dependen de que no existan otras enfermedades asociadas y se alcanzan con cantidades muy bajas de alcohol.
En otras palabras, la cantidad que no deja consecuencias en la salud no es fija —cambia con la edad y el contexto epidemiológico de las personas— pero en ningún caso es mayor a dos bebidas al día.
Mecanismos biológicos del daño que causa el alcohol
El daño del alcohol se debe a cómo lo procesa nuestro cuerpo. Cuando bebemos cualquier tipo de bebida alcohólica, el etanol se convierte en acetaldehído, un compuesto tóxico y altamente reactivo.
Este puede interactuar directamente con nuestro ADN y nuestras células, generando errores y dificultando su reparación. Con el tiempo, esa acumulación de daño aumenta la probabilidad de mutaciones, que es uno de los pasos clave en el desarrollo de cáncer.
Además, este proceso genera estrés oxidativo e inflamación constante. Así, el alcohol no solo irrita el hígado, sino que produce un impacto sistémico que afecta a todo nuestro cuerpo.
Debido a esto, el alcohol se clasifica como un carcinógeno humano del grupo uno, junto al tabaco y los asbestos. En estudios posteriores se ha reforzado esta conclusión, integrando datos epidemiológicos, biología molecular y estudios en modelos animales y humanos.
Esto quiere decir que el alcohol no solo está asociado con distintos tipos de cáncer, sino que es una causa directa de al menos siete tipos: de boca, de garganta, de laringe, de esófago, de hígado, de colon y de mama.
“No dimensionamos el verdadero impacto que tiene en nuestra salud”, dice Castorena.
El impacto del alcohol en el microbioma intestinal
Más allá de los daños del acetaldehído en nuestras células y ADN, el alcohol también tiene un impacto en nuestro microbioma intestinal.
Un estudio reciente analizó datos de miles de muestras fecales junto con datos de consumo de alcohol y seguimiento en salud a lo largo del tiempo de la cohorte finlandesa FINRISK 2002.
Lo que encontraron es que estas bebidas ocasionan cambios peligrosos en los microorganismos que viven en nuestro intestino.
“El microbioma intestinal es un ecosistema y las bacterias tienen requisitos específicos para desarrollarse”, dice Kari Koponen, investigador de la Universidad del Este de Finlandia, y autor principal del estudio.
Los resultados muestran que, quienes consumen alcohol de forma frecuente, tienden a tener un microbioma menos diverso, con menos bacterias asociadas a funciones benéficas y más bacterias relacionadas con procesos inflamatorios.
Además, en el intestino se producen compuestos que activan el sistema inmune y favorecen la inflamación crónica.
Al seguir a las personas en el tiempo, el estudio muestra que el microbioma alterado se relaciona con un mayor riesgo de enfermedad y de muerte. “Las asociaciones más significativas fueron en usuarios de alto riesgo, pero eso no significa que no existan efectos en usuarios de riesgo bajo o moderado”, explica Koponen.
En este estudio, los consumidores de bajo riesgo son aquellos que consumen de cero a siete bebidas estándar por semana, de riesgo medio de siete a veinte y de riesgo alto más de veinte.
De acuerdo con el investigador, incluso una sola sesión de consumo excesivo puede tener un efecto negativo en nuestro microbioma.
“Cuanto más crónica y mayor sea la cantidad de alcohol a la que se ha estado expuesto, mayor será el daño”, advierte Koponen. “La reparación puede tardar meses en casos muy graves”.
Embarazo y alcohol: no hay dosis segura
Además de los daños que el alcohol puede causarnos como individuos, el consumo de esta sustancia durante el embarazo tiene efectos negativos sobre la madre y el bebé.
En distintos estudios, un grupo del que forma parte Castorena ha encontrado que este puede afectar la placenta, atravesarla y alcanzar directamente al feto, cuyo organismo no está preparado para procesarlo.
“Esto genera un impacto a nivel sistémico, principalmente en el cerebro, ocasionando daños irreversibles”, señala la investigadora.
En estudios recientes, se ha observado que el alcohol altera el ADN y la placenta misma, afectando cómo se transportan oxígeno y nutrientes hacia el bebé y modificando la expresión genética.
Las consecuencias van desde partos prematuros hasta trastornos del desarrollo conocidos como espectro alcohólico fetal, un grupo de afecciones físicas, conductuales y neuronales permanentes causadas por la exposición prenatal al alcohol.
Cuando se trata de la salud de las mamás gestantes, los fetos y los bebés, la investigadora es clara en que no hay matices: “La dosis hace el veneno, a mayor dosis y mayor tiempo de exposición, mayores efectos, pero aún así no existe una dosis segura”, dice.
Menos es mejor
Con estos y otros estudios, la investigación científica actual apunta a que, como sociedad necesitamos reconsiderar nuestra relación con el alcohol.
“Tenemos la idea errónea de que el consumo bajo o moderado no es perjudicial para la salud”, dice Koponen. “Es un cancerígeno, tiene efectos adversos desde la primera copa”.
Aunque la prohibición y pedirle a la población que no lo consuma no es una solución viable, la evidencia es clara: cuanto menos alcohol consumamos, mejor será para nuestra salud.
El estudio de The Lancet dice que deben diseñarse intervenciones y políticas públicas más contundentes, especialmente dirigidas a las personas jóvenes por los riesgos de adicción y para reducir la pérdida de salud a nivel mundial debido a su consumo.
La literatura científica coincide en que tomarlo no es solo un problema de salud individual, sino un factor de riesgo que impacta muchas otras cosas como la seguridad —debido al aumento de la violencia—, las relaciones sociales, el desempeño cognitivo y la economía.
“En México el consumo de alcohol es un problema”, concluye Castorena. “Reconocerlo como sociedad nos va a permitir tomar decisiones informadas y mejorar la atención de la salud”.
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