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Por qué el IMC no predice realmente el riesgo metabólico

Durante el Congreso Internacional de Investigación Sobre Obesidad del Tecnológico de Monterrey, Antonio Vidal-Puig explicó por qué el metabolismo puede fallar mucho antes de que aparezca un diagnóstico.
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Durante el Congreso Internacional de Investigación Sobre Obesidad del Tecnológico de Monterrey, Antonio Vidal-Puig advirtió que el éxito de fármacos como Ozempic está desplazando preguntas científicas fundamentales sobre cómo funciona el metabolismo. (Foto: Everth Bañuelos / TecScience)

Imagina dos pacientes. El primero llega a la clínica con un Índice de Masa Corporal (IMC) de 33 (clínicamente obeso), pero con triglicéridos normales, glucosa normal, presión arterial normal. El segundo es delgado, de 38 años, y llega con diabetes, hígado graso y antecedentes de infarto.

Antonio Vidal-Puig, profesor de Nutrición Molecular y Metabolismo de la Universidad de Cambridge, usó estos dos casos como ejemplo del problema actual en el tratamiento de la obesidad en su conferencia en el Congreso Internacional de Investigación sobre Obesidad organizado por el Institute for Obesity Research del Tec de Monterrey.

Sus investigaciones han encontrado que el peso o el IMC no son las mejores métricas de la salud metabólica.

“El IMC de hoy no es un buen indicador para el riesgo metabólico”, dijo Vidal-Puig. “Tienes que buscar aspectos más funcionales que vayan más allá de la circunferencia de la cintura”.

El médico lleva años investigando cómo la grasa se acumula en el cuerpo. En su conferencia, explicó cómo empieza en el tejido adiposo, el cual tiene la habilidad de expandirse para acomodar más grasa. Cuando este llega a su límite, la grasa empieza a llegar a otros órganos como el hígado, el corazón o el páncreas, con consecuencias que pueden ser graves e irreversibles. 

Dictada por los genes, la capacidad de grasa que puede almacenar el cuerpo cambia de persona a persona. “No todo el mundo puede ser obeso aunque quiera o haga lo imposible por serlo”, dijo en su conferencia. “Hay un límite, y cuando llegas ahí coincide con ponerte metabólicamente muy mal”.

Pero la clave no está solo en cuánta grasa tiene una persona ni en dónde se acumula, sino en algo mucho más difícil de medir: la capacidad del cuerpo para adaptarse. A este indicador se le llama flexibilidad metabólica y, según su investigación, es la primera señal de que algo está mal, mucho antes de que aparezca cualquier diagnóstico convencional.

El investigador durante su conferencia en el
Campus Monterrey. (Foto: Everth Bañuelos / TecScience)

El IMC no predice el riesgo metabólico

La flexibilidad metabólica es la capacidad del organismo de alternar eficientemente entre quemar grasa y quemar azúcar dependiendo de lo que tiene disponible. En términos evolutivos, es lo que permitió a los seres humanos sobrevivir en distintos entornos. Un cuerpo flexible puede utilizar sus recursos disponibles. Uno inflexible queda atrapado utilizando siempre el mismo combustible, independientemente de lo que el momento requiera.

En una persona sana, esa flexibilidad se manifiesta como una oscilación constante a lo largo del día. Al comer, el metabolismo se orienta a la quema de carbohidratos. Durante la noche, cuando no hay comida, el cuerpo empieza a quemar grasa. En el paciente obeso, esa oscilación desaparece. 

“Durante la noche no se da cuenta de que tiene que utilizar sus lípidos, no puede utilizarlos bien”, explicó Vidal-Puig en entrevista con TecScience. “Durante el día, cuando tiene que comer, tampoco puede consumir carbohidratos”. 

El resultado puede no generar síntomas visibles, pero el investigador está trabajando con herramientas que podrían servir para identificar el riesgo metabólico antes de que aparezca cualquier otra señal de enfermedad.

Un mapa genético para predecir el riesgo

Para medir esa oscilación, el laboratorio de Vidal-Puig utiliza calorimetría indirecta, una técnica que mide el oxígeno que consume el cuerpo y el dióxido de carbono que produce para determinar en tiempo real qué tipo de combustible está quemando.

La diferencia entre el valor máximo y el mínimo a lo largo del día es lo que el equipo llama índice de flexibilidad metabólica. Este índice, a diferencia del IMC, refleja cómo funciona el metabolismo.

Actualmente están construyendo el primer mapa genético de inflexibilidad metabólica, analizando más de 1,500 líneas de ratones para identificar qué genes determinan la capacidad de cada individuo de procesar distintos nutrientes

“Queremos saber cuáles son los factores genéticos que van a determinar cómo utilizas los carbohidratos o los lípido”, explicó Vidal-Puig. “Gente que tenga problemas en esos genes va a tener dificultades para utilizar los nutrientes de manera adecuada”.

El hígado como primer escudo

Entender la flexibilidad metabólica también cambia la manera de interpretar condiciones como el hígado graso. Cuando el tejido adiposo falla, el hígado actúa como órgano de rescate, acumulando el exceso de grasa para proteger al resto del cuerpo. 

Muchas personas tienen grasa en el hígado y no presentan complicaciones. El problema aparece cuando ese mecanismo llega a su límite, lo que desencadena inflamación, fibrosis y, en casos avanzados, cirrosis o cáncer hepático. 

“Lo ideal es que el hígado te ayude”, dijo en entrevista, “pero que no abuses demasiado de él, porque un día se te va a enfadar”. La secuencia de daño orgánico sigue un orden: primero el tejido adiposo, luego el hígado, después el músculo y, finalmente, las células beta del páncreas. 

“Si pones grasa en el hígado, puedes recuperarlo. Si pones grasa en el músculo, lo puedes recuperar”, explicó. “Pero si pones grasa en las células pancreáticas, no se defienden bien. Puedes perderlas”.

En ese sentido, el hígado graso no es solo un síntoma; es una señal de que la flexibilidad metabólica del individuo lleva tiempo deteriorándose.

Un problema que se ve diferente, según la población

Esa redistribución no ocurre de la misma manera en todas las personas ni en todas las poblaciones. Vidal-Puig dedica parte de su investigación a entender por qué distintas poblaciones responden de manera diferente a la obesidad. 

En Asia, las personas desarrollan complicaciones metabólicas graves con un IMC considerado normal en otros contextos. En México, la prevalencia de complicaciones es desproporcionadamente alta en relación con el grado de obesidad, lo que sugiere la existencia de factores genéticos y ambientales específicos que aún no se comprenden plenamente.

Su propuesta es reemplazar el IMC por una evaluación que incluya la distribución de la grasa, el estado de los órganos metabólicos y marcadores funcionales como la flexibilidad metabólica. 

En poblaciones en las que el IMC no predice bien las complicaciones, esa aproximación podría marcar una diferencia significativa. “El obeso metabólicamente saludable es real”, advirtió en su conferencia, “pero es un estadio intermedio inestable. No lo ignores: es una oportunidad para la prevención”.

Vidal-Puig explica que hay personas con obesidad que se encuentran saludables. (Foto: Everth Bañuelos / TecScience)

El límite del Ozempic

Ese llamado a la prevención cobra especial relevancia en un momento en el que los fármacos GLP-1, como el semaglutide, están redefiniendo el tratamiento de la obesidad. Vidal-Puig advierte que su éxito está desplazando las preguntas científicas fundamentales. 

El problema no es que funcionen, sino que lo hacen sin que se entienda del todo por qué, y esa falta de comprensión limita la capacidad de la medicina para anticipar y prevenir complicaciones en lugar de simplemente tratarlas.

“Si no tienes un conocimiento fundamental de cómo funcionan los mecanismos”, advirtió en entrevista, “cuando tienes un problema no sabes ni por dónde empezar a atajarlo”.

Para el investigador, bajar de peso sin restaurar la flexibilidad metabólica puede ser insuficiente. La verdadera pregunta no es si el peso baja, sino si el cuerpo recupera su capacidad de adaptarse eficientemente a distintos nutrientes. 

Esa es, en esencia, la apuesta de su laboratorio: que la medicina del futuro no trate la obesidad como un número en una báscula, sino como un sistema complejo que falla de maneras distintas en cada persona y que puede anticiparse si sabemos dónde mirar.

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Autor

Picture of Nuria Márquez Martínez