Aprender humanidades en un entorno inmersivo podría producir una mayor presencia e involucramiento de los estudiantes que una clase tradicional. Para saber qué cambia en su cerebro y cuerpo en estos diferentes ambientes, un grupo de investigadores del Tec de Monterrey comparó la experiencia de aprendizaje entre un salón semiinmersivo y uno clásico.
Particularmente en las humanidades, los expertos piensan que los métodos tradicionales, como leer textos o analizar obras de arte podrían complementarse con experiencias que involucren otros sentidos.
Para analizarlo, trabajaron en el Neurohumanities Lab, un espacio experimental que usa proyecciones, sonido, movimiento y sistemas de reconocimiento de expresiones faciales para generar experiencias inmersivas.
“Las artes y humanidades se pueden aprovechar de estas tecnologías innovadoras para crear espacios que involucren más y nuevos procesos cognitivos”, dice Manuel Cebral, profesor investigador de la Escuela de Humanidades y Educación (EHE) del Tec de Monterrey y uno de los autores del artículo.
El estudio contó con la colaboración de investigadores de la EHE y la Escuela de Ingeniería y Ciencias (EIC) del Tec de Monterrey.
Estos expertos compararon la clase semiinmersiva de humanidades con una clase tradicional. En ambos escenarios midieron variables como actividad cerebral, activación corporal, frecuencia cardiaca y expresiones faciales para ir más allá de solo preguntarles a los estudiantes si se habían sentido involucrados.
La experiencia semiinmersiva resultó en una mayor sensación de presencia
Para poner a prueba la idea de que la inmersividad puede mejorar la experiencia de clase de humanidades, los investigadores reclutaron a 24 estudiantes de entre 18 y 25 años. Los dividieron en dos grupos: 12 en la experiencia semiinmersiva y 12 en la experiencia tradicional.
En ambos tipos, los estudiantes participaron en actividades inspiradas en Las pasiones del alma, libro de René Descartes. Estas giraron en torno a emociones como el amor, el odio, el deseo, la alegría y la tristeza.
Los estudiantes expresaron emociones, asociaron palabras con ellas, trabajaron con fragmentos literarios y observaron una pintura, mientras los investigadores registraban sus respuestas cerebrales, fisiológicas y emocionales.
Para hacerlo utilizaron distintos tipos de sensores para registrar la actividad eléctrica del cerebro mediante un electroencefalograma (EEG), los cambios en la conductancia de la piel y la frecuencia cardiaca, así como las expresiones faciales mediante reconocimiento automatizado de emociones.
También analizaron las palabras y respuestas de los participantes y, al finalizar las actividades, aplicaron un cuestionario para conocer qué tan presentes e involucrados se habían sentido.
En general, la experiencia semiinmersiva produjo algunas diferencias claras frente a la tradicional pues los estudiantes reportaron una mayor sensación de presencia espacial, mostraron mayor variedad de emociones expresadas y diferencias en los patrones de actividad cerebral y respuesta fisiológica.
“Fueron capaces de vincular más palabras y más variadas, y el procesamiento emocional y somatosensorial ha sido mayor”, explica Cebral.
Sin embargo, en una de las actividades, el grupo tradicional mostró una mayor sensación de presencia que el semiinmersivo. De acuerdo con los investigadores, la diferencia podría estar en el diseño de la actividad.
Esto apunta a que una experiencia tecnológicamente sofisticada no necesariamente genera mayor involucramiento si la actividad no requiere de una participación activa y significativa del estudiante.
El futuro de inmersividad en la educación
Para Cebral, este estudio es un punto de partida y no una conclusión definitiva, pues tiene diversas limitaciones.
La primera es que una sola sesión es insuficiente para determinar si una experiencia de este tipo modifica conductas o actitudes a largo plazo.
Además, el estudio tuvo una muestra pequeña y “aunque la diferencia entre ambos grupos sí fue estadísticamente significativa, tampoco fue tantísima”, cuenta Cebral.
Por ello, a futuro el equipo planea hacer estudios longitudinales que permitan comparar a cada participante consigo mismo y con su estado basal, además de incorporar mediciones más precisas de la respuesta cerebral ante palabras e imágenes.
Más que demostrar que una experiencia semiinmersiva hace que los estudiantes aprendan mejor, el estudio plantea que puede cambiar la manera en que los estudiantes se involucran fisiológica y subjetivamente con los contenidos enseñados.
El estudio plantea la posibilidad de que las tecnologías utilizadas tradicionalmente para estudiar el cerebro, las emociones y el comportamiento también puedan convertirse en herramientas para investigar preguntas propias de las humanidades.
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